Archive for abril 2009

De pronto me surgió un terrible antojo de Donettes. Me di una ducha para quitarme la sensación de suciedad de encima, el rímel que todavía quedaba en las lágrimas que se me escapaban al bostezar y la sensación de tener el estómago colocado del revés. El agua casi abrasaba, pero era la manera de no pensar en lo que me gustaría sentir en lugar de las pequeñas gotas resbalando por mi piel.

Me vestí algo cómodo. Pantalón, camiseta y sudadera. Me enfundé también en el abrigo y guardé el móvil en un bolsillo y las llaves en el otro. Descubrí algunas monedas sueltas en el pantalón que había usado la noche anterior, así que también me las guardé.

Después de ponerle la correa al perro, salí de casa con la sensación de que hoy era él el que me paseaba a mí. Curiosamente estaba muy obediente. Tanto que cuando llegamos al parque me decidí a soltarlo. Y no me arrepentí. A la vuelta, pasé por la única tienda abierta un domingo. Los precios son notablemente más altos que en el resto, pero su horario realmente los vale.

- Hola, buenas tarde. ¿Tienen Donettes?

- Pues no, no me quedan. Tienes lo que ves ahí.

MIERDA.

Elijo cualquier otra chorrada, croasancitos con chocolate... Suelto al perro de la farola y continúo andando hacia casa. Por el camino, un señor le hace carantoñas a Pancho, que lo saluda y continúa caminando. Recuerdo cuando era pequeño y siempre quería caer bien a cualquiera... Pasear con él era un suplicio, porque se detenía con cualquiera hasta que recibía un mimo.

- Acaríciele, por favor, que si no no me dejará marcharme...

¿Tanto se parecen los animales a sus dueños? Admito que soy mimosa... Mucho... ¿Verdad? :P

¿El mejor momento del día? (Lástima que no se haya inventado una tipografía para la ironía). Cuando llegó mi madre a casa.

- Te escuché hablando por teléfono. Así que emborrachándote... Ya no puedo confiar en nadie...

Qué melodramática... Siempre lo fue. Sí, mamá, ayer acabé tirada en la esquina de alguna calle con una amiga tan borracha como yo pero que tuvo la bondad de acercarme a casa a cuestas... Resumen de la noche: he aprendido que las palestinas vuelan, no debo salir con ellas, que no debo dejarme retar por las frases que comiencen por un "¿Tienes lo que hay que tener?" si lo que sigue es "Pide tu chupito en la barra", y mucho menos cuando el camarero te mira sorprendido y dice:

- Chicas, ¿estáis seguras? Es muy fuerte...

Caray con la absenta...

Moraleja: Nunca máis (hasta la próxima vez que olvide el dolor de las arcadas cuando no queda nada en el estómago y comienza a salir la bilis).





"Yo prometo soñarte mientras duerma
y dormir hasta que estés aquí conmigo".

Donettes

Posted by : Any R 8 Comments
Llevo mucho sin actualizar... Desde mi día Turnedo, ni más ni menos... La verdad es que se hace cuesta arriba ponerse ante el blog y tratar de hacer algo al mismo nivel que las cosas que crees que son buenas... Así que pasas de largo día tras día, pensando que si no puedes mejorar lo último que has hecho, no mereces postear una entrada. Pero me toca intentarlo...

Me duele todo el cuerpo. Todo todito... Hasta el corazón... ¿De ausencias? Sí... De ausencias... Pero el caso es que el resto del cuerpo lo eclipsa (por suerte). Tengo agujetas en músculos de mi cuerpo que ni siquiera sabía que existieran... Me duele la cabeza... En fin, compré el lote completo. Por si fuera poco, mañana haré algo que me encaaaaaaaaaaaaaaaaanta (véase la ironía... xD). Tengo cita para que me saquen sangre para una analítica y luego otorrino (a ver si me quitan esta voz de lesbiana que algunas me han dicho que tengo...).

En fin... Lo dicho, entrada insulsa... Pero al menos esta será fácilmente superable... Así que para la próxima lo haré mejor... Ais... Sueño... xD



"Sé que aún cansada tu sonrisa no se marcharía..."

De cero

Posted by : Any R 7 Comments

Cerró la puerta del coche y se acercó al portal de la casa arrastrando los pies, como siempre. Con toda la pachorra del mundo, pulsó el timbre un par de veces y luego se dedicó a mirar hacia cualquier otro lugar mientras esperaba a que le abriesen. Escuchó el ruido de la cerradura y se volvió, esperando encontrarse a un hombre de unos sesenta años. Pero no le encontró a él, sino a su mujer.

- Hola, joven. ¿Qué desea?

- ¿No está su marido?

- Pues no, en este momento no. Pero si puedo ser yo de ayuda...

- Pues verá... Lo cierto es que quería hablar con él, pero quizás es mejor que se lo cuente a usted para que se haga una idea del elemento al que tiene en casa. Hace algo más de dos meses, su marido chocó conmigo en una rotonda, haciéndome perder el control del vehículo. Por suerte no pasó nada, que podía haber pasado. Su marido, en lugar de detenerse a ayudarme, aceleró. Yo me enfadé y lo perseguí, poniéndome a su altura y exigiéndole que parase. Pero no hubo manera. Así que al final lo dejé marchar, eso sí, memorizando su matrícula. Cuando pude hacerlo, me acerqué al Concello para pedir la información sobre la titularidad de ese coche. Y allí me dieron su dirección. No estoy aquí buscando nada material. Arreglé mi coche ya hace tiempo y no pienso pedirles ninguna compensación económica. Lo único que deseo, lo único que me ha traído hasta aquí, es una disculpa. Por si no me cree, aquí puedo enseñarle las fotos de mi coche con las marcas del suyo. Su coche es negro, ¿verdad?

- Sí... Pero yo...

- ¿Le dijo algo su marido hace un par de meses de que había chocado con otro vehículo?

- No, no me dijo nada.

- Si sigue desconfiando de mí, puede pedir las grabaciones de Tráfico de ese día, le puedo dar los datos completos, con la hora incluida.

- Es que no entiendo...

- Mire, solo espero que su marido se disculpe. Ha sido mejor que hablase con usted, porque si lo enfrento a él y se atreve a negar lo que pasó, no sé cómo habría reaccionado. Incluso es probable que acabase usando la violencia. Y no es lo que deseo. Simplemente no puedo evitar indignarme cuando alguien huye así de su responsabilidad. Fue una suerte que no ocurriese nada. Pero el susto que se llevó mi acompañante, los daños a mi coche, la negación de auxilio... Imagine que me hubiese pasado algo, que me hubiese dado un ataque... Su marido se habría marchado igual. Sólo exijo la disculpa que me merezco. Así que aquí le dejo mi número de teléfono. Dígale a su marido que me llame, por favor.

- Lo haré, joven, no se preocupe. Por supuesto que lo haré.


Se dio la vuelta, dejando a la mujer de pie ante las escaleras del porche con la tarjetita en la mano, mirándole con más respeto del que jamás había impregnado a sus ojos en toda su vida.

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Un mes más tarde, su teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón. Lo sacó, descolgó y contestó con su cálida y suave voz.

- ¿Sí?

- Hola. No sé si se acordará de mí. Soy la mujer del hombre que tuvo el accidente con usted.

- Sí, la recuerdo. Pero ese no era el trato...

- Él no va a llamarte. Lo niega todo, al momento dice que fue culpa tuya, luego que no ocurrió nada, que nunca tuvo un golpe con el coche... Pero recuerdo los rascazos, ¿sabes? Me había dicho que le dieron cuando estaba parado. La pintura era blanca. Tu coche es blanco, ¿verdad?

- Sí. Y quiero que sepa una cosa. Si yo fuese como su marido, probablemente lo habría perseguido hasta sacarlo de la carretera, o lo habría denunciado por omisión de auxilio. ¿Sabe que eso a día de hoy se pena con la cárcel? Y no creo que con la edad que tiene le resultase demasiado agradable. Pero no soy como él. No quiero meterlo en juicios y chorradas. Solo pretendía que se diera cuenta de su error y rectificase.

- No sé si se dará cuenta algún día. Espero que sí. Y tranquilo, que sí que se meterá en juicios, porque me estoy divorciando de él. Estoy muy agradecida contigo por mostrarme lo que tenía en casa. Y por hacer que me dé cuenta de que no es lo que quiero en mi vida.

- Señora, no sabría qué decirle...

- Pues yo sí sé lo que decirte, majo. Muchas gracias.



DÍA TURNEDO...






Pulsa para ampliar.







Para o meu rapás Turnedo. Hoxe o día é eminentemente teu. Graciñas por todo.

Día Turnedo

Posted by : Any R 9 Comments
Era una mañana como cualquier otra. Me levanté a la misma hora, me preparé mi café y me lo tomé apoyada en la encimera, mirando por la ventana. Haría frío. El viento agitaba las ramas de la camelia con fuerza. Suspiré y apuré el último trago.

Escogí el abrigo negro, el de siempre. Me puse la bufanda y los guantes también. De pasada, al verme en el espejo, pensé que no distaba tanto de esos muñecos de nieve en los que siempre pensamos en navidad. Pero en febrero… Me arrebujé en el abrigo antes de salir de casa.

El viento me llevaba casi en volandas por el mismo camino de siempre. Como cada día, como siempre, como todas las mañanas… Pero ese día hubo una diferencia. De pronto levanté la vista y contuve la respiración. Nunca, jamás, en ningún momento anterior de mi vida había visto a una chica tan hermosa. Nunca he vuelto a verla. Fue sólo ese instante, esa mirada, ese cruce en el camino de todos los días, ese darse la vuelta para encontrarte su mirada siguiendo a la tuya, ruborizarte y seguir adelante.

Cada mañana esperaba a que el reloj diese la misma hora, segundos incluidos, para intentar pasar en el mismo momento por el mismo lugar, por si tal vez era cosa de magia… Pero nunca volvió a pasar por allí. Nunca volví a verla en ningún lugar que no fueran mis sueños. ¿Estuvo algún día fuera de ellos?





La primera vez que escuché esta canción acababa de levantarme. Sonaba en el radio-despertador. Me senté en el borde de la cama y me enternecí. Acabé echándome a llorar…

Hoy la han puesto en la radio a la hora de comer. Mi madre y yo comentábamos alguna tontería… Y entonces las primeras notas me pusieron sobre aviso.

- Mamá, ¿escuchaste esta canción?

- No…



Y de pronto sus ojos se empañaron en lágrimas, al mismo tiempo que los míos. Y comenzó a recopilar recuerdos para mí. El de aquel chico que la veía todos los fines de semana en el autobús que iba al pueblo y que la llamaba cada lunes tras haber conseguido el número de la casa en la que trabajaba, pero que jamás supo quién era, el de aquel hombre del pueblo que la quiso durante toda su vida y la trató siempre mejor que mi padre, el del chico que quiso bailar con ella cada verano hasta que se casó y que cuando se enteró de que la había perdido desapareció hecho una furia… Y finalmente el recuerdo de su padre, aquel día que le ofrecieron ser rico a cambio de una hija y se negó porque a fin de cuentas ella era parte de sí mismo.


Ay, mierda… estoy sensible…

La magia de los recuerdos

Posted by : Any R 6 Comments
Hay un lugar dentro de mí en donde me gustaría estar. Ese lugar recoge un montón de fragmentos de realidad, alguna que otra fantasía, miradas, sonrisas... Ese lugar, mi reina, es tuyo.

Cabalgaría durante horas con el sol a mis espaldas, a través de bosques sombríos, de llanuras despejadas, de montañas nevadas e interminables campos de amapolas. Mi corcel, negro y salvaje, empujaría con una fuerza indomable atravesando ríos y lagos, con el furioso brío de sus musculosas patas demostrando su porte. Las crines se agitarían al viento, mezclándose con mi propio cabello suelto, fusionándome a él, uniéndome a su cuerpo, convirtiéndome en un centauro a lomos del caballo. El sol me obligaría a levantar un brazo para proteger los ojos. Vislumbraría sin albergar ninguna duda el palacio en el horizonte. Tras dejar que mis labios esbozasen una sonrisa, espolearía el caballo como nunca lo he hecho. El sudor resbalaría por su piel y por la mía, la espada tintinearía contra el escudo en mi espalda, los cascos resonarían en la llanura como los tambores de guerra de miles de naciones avanzando para conquistar el mundo.

Al tirar de las riendas, la bestia clavaría las patas en el suelo para detenerse, levantando una polvareda oscura de tierra seca y negra. Sin detenerme, saltaría de la silla y dejaría que mis botas resonasen al chocar contra el suelo arenoso. Cada paso hacia las imponentes puertas atronaría como nunca otros pasos lo habrían hecho ante ellas. Alzaría la mano derecha y arrancaría la dormida espada de su vaina. Cargaría en la izquierda el escudo y golpearía metal contra metal una y otra vez para hacerme oír al otro lado de los blancos y agrietados muros de tu reino. Una figura sombría se asomaría y me preguntaría:

- ¿Quién vive?

- Soy la diosa de la nada, del vacío incierto, de la sinrazón y de los reinos olvidados.

- ¿Y a qué has venido, desterrada? No eres bien recibida en este lugar.

- He venido a por lo que deseo. He venido a por lo único capaz de devolverme mis reinos y un horizonte perdido. He venido para quedarme.

- Márchate. Ninguna puerta se abrirá aquí para ti.

- Si no abrís las puertas, las derribaré.

Las risas se escucharían por encima de los muros de la fortaleza.

- ¿Y con qué ejército pretendéis invadirnos, mi señora?

- ¿Ejército? ¿Quién ha dicho que lo necesite?

Volvería a golpear la espada contra el escudo y el chirrido metálico levantaría la tierra a mi alrededor, creando una columna de aire y arena que cegaría a los defensores. Lo siguiente que conocerían sería la muerte a mis manos. Llegaría al patio del castillo con sus vidas en mi conciencia y su sangre en mi espada. Pasaría el dorso de la mano por la mejilla, extendiendo sin querer la mancha carmesí de la violencia de mis sentimientos. Sedienta, sin saber muy bien si de sangre o de ti, enfrentaría a cada uno de los guardias, a cada soldado, a cada monstruo en las mazmorras. Extendería por toda la fortaleza el horror de la sangre y el vacío de la muerte. Y cuando hubiese terminado, serías mía.

Cuando el último de los soldados dejase de temblar, la polvareda se desharía y mi figura imponente seguiría en pie ante las puertas de tu castillo, aguardando, sin haber movido ni un sólo músculo.

- No te abriremos las puertas, ser impío. Y da igual lo que nos hagas.

Bajaría la cabeza y contendría una maldición. Pero tomaría la decisión con firmeza. Alzaría la mirada y, clavándola en los blancos muros, me acercaría con pasos seguros que de nuevo resonasen ante la mirada atenta de tus hombres. Dejaría caer la espada y el escudo al suelo y posaría mis manos desnudas sobre la cal blanca que cubre las enormes rocas de la muralla. Cerrando los ojos y reuniendo en mi alma todos los sentimientos que me despierta tu sonrisa, empujaría.

Empujaría...

Empujaría... y la pared se hundiría bajo mi mano.

Empujaría... y las grietas se extenderían a lo largo de toda la muralla.

Empujaría... y la primera roca cedería y dejaría caer los escombros sobre mis hombros, que arañarían mi piel.

Y finalmente todo se vendría abajo y caminaría hacia el patio de armas, hacia la torre en la que esperas confinada por voluntad propia. ¿Quizás esperándome a mí?

Tus hombres ya no intentarían detenerme. Me abrirían paso entre sus filas. Algunos intentarían tocarme y me llamarían diosa de destrucción. En mis ojos brillaría la sed de sangre aplacada sólo para poder contemplar tu rostro. Sólo para merecerme cada una de tus miradas. Sólo para conseguir que me ames...

Las puertas de la torre se abrirían de par en par y tu figura aparecería en lo alto de la escalinata. Cubierta de polvo blanco y de suciedad del camino, indigna de ti, me acercaría y ascendería escalón a escalón, temiendo y deseando la llegada a tu lado. Me arrodillaría a tus pies, tomaría tu mano y la besaría con toda la dulzura que cabe en mi cuerpo y en mi alma destrozados. Entonces levantaría la mirada y encontraría el paraíso de tu sonrisa esperándome. Encontraría tus dulces ojos cálidos y tiernos, tu piel suave, tus manos... Y te desearía ardientemente, como jamás nadie lo haya hecho.

- Mi reina...

Y tus manos me alzarían sin esfuerzo, obligando a la fuerza de atracción imparable a continuar su camino, desde mis labios a los tuyos. Te enredaría entre mis brazos polvorientos y te arrastraría hasta la grupa de mi corcel negro como la noche, para que las dos pudiésemos salir cabalgando de la fortaleza, lejos de cualquier prisión, de cualquier muro, lejos de todo. Solas tú y yo...

Dentro de mi mente...

Posted by : Any R 6 Comments
Hoy Santiago amaneció entre nubes y a pesar de que ya ha salido el sol, yo no he entrado en calor. Al menos el dolor del costado sigue yendo a menos. No debería dejar que me coja el frío... Mi mp3 se ha confabulado con el día nublado para hacerme sentir un poquito más hundida todavía. Así que me dejo arrastrar por los recuerdos estúpidos de una niña con una visión del mundo todavía más deformada de la que tengo yo ahora.

Me enamoré de él en cuanto nos mudamos a vivir aquí. Era el típico niño guapísimo del que sus padres estaban orgullosos y al que consentían en todo lo que quería. Tenía la sonrisa más bonita que veré jamás en mi vida. Sus ojos oscuros siempre dejaban entrever ese brillo de pícaro que ocultaba sus maquinaciones tras la dulzura de sus expresiones de niño bueno. Pero no era un niño bueno... Era un rebelde. Tenía dos años más que yo, una diferencia que siempre se encargó de resaltarme como algo abismal. Siempre deseé que esos dos años se esfumasen... Me enamoré de él como sólo una cría de 6 años puede hacerlo: por completo. Durante más de seis años estuve completa y absolutamente obsesionada con él. Cada deseo suyo era una orden, cada suspiro un motivo para remover cielo y tierra para hacerlo sonreír, cada cabreo un motivo para la depresión más absoluta... Realmente creo que le quería.

Y entonces llegó aquel fatídico día en el que unos pillos gastaron todo su dinero en chicles para completar una colección de cromos. La bronca fue espectacular. Pero lo peor fue su enfado. Me habían pillado a mí. Yo era la responsable. Por mi culpa nos habíamos quedado sin chicles, sin cromos y sin salir una semana... Así que prometió no volver a hablarme jamás. Lamento decir que cumplió su palabra.

Un par de años más tarde un conductor entró en el coche con el alcohol circulando por sus venas. Controló el vehículo hasta que llegó a la primera curva, donde se salió de la carretera. Era tarde, no debería haber nadie fuera de casa, pero él y su padre estaban despidiendo a sus primos, que habían venido a cenar. El coche se los llevó por delante a los dos...

Sonó el teléfono en casa de mi amiga. Lo cogió su madre.

- Ana. Es tu madre.

El tono de voz, la cara, las lágrimas empezando a agolparse en sus ojos...

- ¿Sí?

- Ana, ayer hubo un accidente...

Mi alma se rompió en mil pedazos.

Me repetía que él era fuerte, que aguantaría, que se curaría y me perdonaría, aunque sólo fuese para presumir de sus cicatrices. Pero a pesar de su fuerza, no pudo superarlo... Murió con 14 años, mientras lo único que podía pensar yo era que en dos años alcanzaría su edad. Era una excusa barata para poder sentirme culpable. Lo ansiaba con todas mis fuerzas. Quería sentir que todo había sido responsabilidad mía, que era yo quien no había podido evitarlo... Quería machacar mis sentimientos, llorar como una loca y maldecirme por haberle dejado marchar.

Muchos años más tarde, cada vez que pensaba en él, cada vez que pienso en él... Sólo se me ocurre que murió enfadado conmigo por 22 puñeteros chicles.


¿Y por qué coño me acuerdo de esto ahora? ¿Por qué?




"¿Quien te amaría tanto que moriría por tu fe?"

"La primera vez que te vi sabiendo que te morías, sentí cientos de cosas juntas. Menudo remolino, la verdad. Te vi, tan frágil, tan distinto a ese hombre fuerte, alto autoritario… Tan diferente al Gigante Paco al que coreaban mis amigos en el colegio que yo misma me puse enferma. No fue una buena época, la verdad. Me preguntaste por C. Y a pesar de responderte que estaba bien, algo intuiste… “Ya no estáis juntas”. Y no era una pregunta… Otra de las sentencias que no puedo despegar de mi memoria fue la que me lanzaste cuando te presenté a C. No sé qué se me pasó por la cabeza, no pretendía contártelo. Pero cuando hiciste divertido aquella pregunta, no pude evitar ser sincera. “Siempre estás con ella” dijiste burlón “no será tu novia, ¿no?”. Pues sí. Y el silencio. Ni de broma esperaba que nos invitases a las dos a comer. Ni en mis sueños habría imaginado que os llevaríais tan bien. Y luego, cuando fue un momento al baño y me quedé a solas contigo, agachaste la cabeza avergonzado y susurraste la frase que me atormenta. “No me importa, pero quiero nietos”. Cuando C. volvió a sentarse con nosotros yo todavía me seguía riendo. Dos días después de enterrarte, la misma frase me hizo llorar. Ya nunca conocerás a tus nietos. ¿Por qué tuvo que ser todo de esta manera? ¿Sabes? Me asustaba mucho que no me afectase lo suficiente tu enfermedad. Me sentía insensible y fría. Cuando iba a verte al hospital, me volvía a casa con remordimientos de conciencia. Pensé que tu muerte no me afectaría. Y fíjate… Todavía ahora se me empañan los ojos. Me cuesta creerlo, papá. Miro mi corcho y veo la foto en la que salimos Co., tú y yo… Y no sé qué pensar, no sé cómo asumir el hecho de que ya no estás. De que ya no vas a estar nunca más… Es por eso que escribo esta carta. Necesito plantarme ante lo que ha quedado de ti y por primera vez en mi vida hablarte sin tapujos, sin una casa, una familia o una enfermedad de por medio. Y aunque no puedas contestarme,… quizás precisamente porque no quieres contestarme, por fin me haré a la idea de que te has ido para siempre."

Día nublado

Posted by : Any R 7 Comments

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