Posted by : Any R viernes, abril 03, 2009

Hoy Santiago amaneció entre nubes y a pesar de que ya ha salido el sol, yo no he entrado en calor. Al menos el dolor del costado sigue yendo a menos. No debería dejar que me coja el frío... Mi mp3 se ha confabulado con el día nublado para hacerme sentir un poquito más hundida todavía. Así que me dejo arrastrar por los recuerdos estúpidos de una niña con una visión del mundo todavía más deformada de la que tengo yo ahora.

Me enamoré de él en cuanto nos mudamos a vivir aquí. Era el típico niño guapísimo del que sus padres estaban orgullosos y al que consentían en todo lo que quería. Tenía la sonrisa más bonita que veré jamás en mi vida. Sus ojos oscuros siempre dejaban entrever ese brillo de pícaro que ocultaba sus maquinaciones tras la dulzura de sus expresiones de niño bueno. Pero no era un niño bueno... Era un rebelde. Tenía dos años más que yo, una diferencia que siempre se encargó de resaltarme como algo abismal. Siempre deseé que esos dos años se esfumasen... Me enamoré de él como sólo una cría de 6 años puede hacerlo: por completo. Durante más de seis años estuve completa y absolutamente obsesionada con él. Cada deseo suyo era una orden, cada suspiro un motivo para remover cielo y tierra para hacerlo sonreír, cada cabreo un motivo para la depresión más absoluta... Realmente creo que le quería.

Y entonces llegó aquel fatídico día en el que unos pillos gastaron todo su dinero en chicles para completar una colección de cromos. La bronca fue espectacular. Pero lo peor fue su enfado. Me habían pillado a mí. Yo era la responsable. Por mi culpa nos habíamos quedado sin chicles, sin cromos y sin salir una semana... Así que prometió no volver a hablarme jamás. Lamento decir que cumplió su palabra.

Un par de años más tarde un conductor entró en el coche con el alcohol circulando por sus venas. Controló el vehículo hasta que llegó a la primera curva, donde se salió de la carretera. Era tarde, no debería haber nadie fuera de casa, pero él y su padre estaban despidiendo a sus primos, que habían venido a cenar. El coche se los llevó por delante a los dos...

Sonó el teléfono en casa de mi amiga. Lo cogió su madre.

- Ana. Es tu madre.

El tono de voz, la cara, las lágrimas empezando a agolparse en sus ojos...

- ¿Sí?

- Ana, ayer hubo un accidente...

Mi alma se rompió en mil pedazos.

Me repetía que él era fuerte, que aguantaría, que se curaría y me perdonaría, aunque sólo fuese para presumir de sus cicatrices. Pero a pesar de su fuerza, no pudo superarlo... Murió con 14 años, mientras lo único que podía pensar yo era que en dos años alcanzaría su edad. Era una excusa barata para poder sentirme culpable. Lo ansiaba con todas mis fuerzas. Quería sentir que todo había sido responsabilidad mía, que era yo quien no había podido evitarlo... Quería machacar mis sentimientos, llorar como una loca y maldecirme por haberle dejado marchar.

Muchos años más tarde, cada vez que pensaba en él, cada vez que pienso en él... Sólo se me ocurre que murió enfadado conmigo por 22 puñeteros chicles.


¿Y por qué coño me acuerdo de esto ahora? ¿Por qué?




"¿Quien te amaría tanto que moriría por tu fe?"

"La primera vez que te vi sabiendo que te morías, sentí cientos de cosas juntas. Menudo remolino, la verdad. Te vi, tan frágil, tan distinto a ese hombre fuerte, alto autoritario… Tan diferente al Gigante Paco al que coreaban mis amigos en el colegio que yo misma me puse enferma. No fue una buena época, la verdad. Me preguntaste por C. Y a pesar de responderte que estaba bien, algo intuiste… “Ya no estáis juntas”. Y no era una pregunta… Otra de las sentencias que no puedo despegar de mi memoria fue la que me lanzaste cuando te presenté a C. No sé qué se me pasó por la cabeza, no pretendía contártelo. Pero cuando hiciste divertido aquella pregunta, no pude evitar ser sincera. “Siempre estás con ella” dijiste burlón “no será tu novia, ¿no?”. Pues sí. Y el silencio. Ni de broma esperaba que nos invitases a las dos a comer. Ni en mis sueños habría imaginado que os llevaríais tan bien. Y luego, cuando fue un momento al baño y me quedé a solas contigo, agachaste la cabeza avergonzado y susurraste la frase que me atormenta. “No me importa, pero quiero nietos”. Cuando C. volvió a sentarse con nosotros yo todavía me seguía riendo. Dos días después de enterrarte, la misma frase me hizo llorar. Ya nunca conocerás a tus nietos. ¿Por qué tuvo que ser todo de esta manera? ¿Sabes? Me asustaba mucho que no me afectase lo suficiente tu enfermedad. Me sentía insensible y fría. Cuando iba a verte al hospital, me volvía a casa con remordimientos de conciencia. Pensé que tu muerte no me afectaría. Y fíjate… Todavía ahora se me empañan los ojos. Me cuesta creerlo, papá. Miro mi corcho y veo la foto en la que salimos Co., tú y yo… Y no sé qué pensar, no sé cómo asumir el hecho de que ya no estás. De que ya no vas a estar nunca más… Es por eso que escribo esta carta. Necesito plantarme ante lo que ha quedado de ti y por primera vez en mi vida hablarte sin tapujos, sin una casa, una familia o una enfermedad de por medio. Y aunque no puedas contestarme,… quizás precisamente porque no quieres contestarme, por fin me haré a la idea de que te has ido para siempre."

7 Responses so far.

Leave a Reply

Deja tu huella para que no camine sola.

Subscribe to Posts | Subscribe to Comments

- Copyright © Confesionario Digital 4.0 - Diseñado por Any R -