Archive for octubre 2013

Rindiéndome a los enfáticos poderes de la luna, descanso el alma en un trono relleno de mares y tempestades que acechan en cada esquina de mi vida. Leo en libros pos modernos el triunfo y la gloria de parte de mi corazón, latiendo con fuerza hacia la dulzura agónica de una nueva vida entre algodones que hasta hace poco era prácticamente imposible ayudar a lograr. El viento gira y cambia la cara de una cinta de cassette oxidada cuyas canciones han sonado en los lugares más oscuros y diversos de miles de universos infinitos. Y la lluvia se hace de rogar en la sequía de unos labios rotos por ceguera ocasional (y emocional)de su portador. El abismo de unas sábanas negras arrastra mi vientre dolorido hacia aguas profundas en el mar de los sueños conseguidos y por alcanzar, soñando en una veta de oro de dieciocho quilates el precio de una sonrisa efímera. Castigándome, me condeno al dolor de la vida truncada, al atontamiento de drogas legales que permiten sobrellevar la tristeza de una luna más sollozando por perder la marea de vista, sin poder llegar a imaginar que es su fuerza quien la mueve, quien la arrastra consigo a cualquier lugar. Y la sonrisa continúa dibujándose en la arena, por más olas que la arrastren entre las piedras duras del fracaso de los sueños no intentados. Cojo aire tan solo para que mis músculos dispongan del comburente necesario para cumplir su cometido y hacerme avanzar por un pasillo oscuro lleno de puertas por abrir, posibilidades, vías, días, historias por contar y cuentos de hadas sin terminar. Cerrar los ojos y pensar en las princesas de todos y cada uno de mis relatos para soñar que se cumplan sus deseos. Desear soñar un éxito inalcanzable a la altura de mis manos, haciéndome cosquillas en los dedos. Cerrar el puño, cazarlo, abrir la mano ante una hoja en blanco y soplar para que las letras se escapen y corran a dibujar un futuro perfecto.

Cazando al alma

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Quiero ser optimista. La mitad de las veces lo consigo, aunque quizás tenga que ver con la voz que me susurra por las noches que soy capaz de todo más que con mi propia seguridad. El caso es que día a día las cosas se van haciendo más y más difíciles,  más negras,  más inestables. Siempre hay un roto para un descosido,  vaya. Lo que deseo está muy lejos de mi alcance y esforzarme al máximo puede suponer tener que enfrentarme al fracaso, pero no intentarlo es ya un fracaso de por sí. Sin embargo, la pereza me puede y siento que pasan los días sin que haga nada útil. Respiro hondo, miro cerquita, casi casi a mis pies, y continúo caminando despacito por este barrio periférico de Madrid en lugar de gastar mis botas en el empedrado frío y mojado de las calles de alguna ciudad gallega. Tengo lo que quería y tengo lo que jamás hubiera deseado al mismo tiempo. Las condiciones han ido cambiando tan deprisa que me han cogido desprevenida. Pero no puedo hacer nada más que tragar, esforzarme, irme a la cama y presentarme mañana a primera hora en un puesto de trabajo que todavía no es lo que quiero de mi vida. Y no por el trabajo en sí, que me encanta, sino por la cúpula de un antro que se cae a pedazos literal y metafóricamente, arrastrando en su descenso las almas, las vidas y las ideas de una casta de soñadores que nadie se atrevería a imaginar en esta vida.

Difícil

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