Posted by : Any R lunes, octubre 07, 2013

Quiero ser optimista. La mitad de las veces lo consigo, aunque quizás tenga que ver con la voz que me susurra por las noches que soy capaz de todo más que con mi propia seguridad. El caso es que día a día las cosas se van haciendo más y más difíciles,  más negras,  más inestables. Siempre hay un roto para un descosido,  vaya. Lo que deseo está muy lejos de mi alcance y esforzarme al máximo puede suponer tener que enfrentarme al fracaso, pero no intentarlo es ya un fracaso de por sí. Sin embargo, la pereza me puede y siento que pasan los días sin que haga nada útil. Respiro hondo, miro cerquita, casi casi a mis pies, y continúo caminando despacito por este barrio periférico de Madrid en lugar de gastar mis botas en el empedrado frío y mojado de las calles de alguna ciudad gallega. Tengo lo que quería y tengo lo que jamás hubiera deseado al mismo tiempo. Las condiciones han ido cambiando tan deprisa que me han cogido desprevenida. Pero no puedo hacer nada más que tragar, esforzarme, irme a la cama y presentarme mañana a primera hora en un puesto de trabajo que todavía no es lo que quiero de mi vida. Y no por el trabajo en sí, que me encanta, sino por la cúpula de un antro que se cae a pedazos literal y metafóricamente, arrastrando en su descenso las almas, las vidas y las ideas de una casta de soñadores que nadie se atrevería a imaginar en esta vida.

Un comentario por lo de ahora.

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