Así es como quiero recordarte. 


Me escuecen los ojos de la lluvia de mar que los ha inundado durante toda esta tarde. A veces, maldigo la sensibilidad que me arrastra a las profundas aguas del recuerdo continuo. Aunque he de admitir que tú lo mereces. Nombrarte, trae de vuelta las mareas a esta playa cansada de llorarte aún cuando todavía ni te habías ido, cuando sólo comenzabas el camino. Supongo que a veces no eres consciente de todo el amor que encierra tu corazón hasta que te arrancan un pedazo de golpe. Porque la vida es así. Pero... ¿Por qué tiene que serlo?

Dulce, alegre, cariñosa y leal. A veces caprichosa y sin duda un grano en el culo, de esos que no puedes dejar de rascar. Ya no volveré a acariciar tu pelo suave, ni a reñirte cuando te acercas disimuladamente para chuparme la mano, ni a pedirte silencio cuando armas una escandalera cada vez que llego a casa. No volverás a ladrarme cuando llegue a casa. Sólo pensarlo, mi corazón siente un latigazo que lo atraviesa de parte a parte. Porque han sido 5 años contigo. Y no han sido suficientes. Aunque tengo que admitir, que aunque hubiesen pasado 20, nunca habría estado preparada para que te fueras. No quería perder esa mirada tierna y sincera, esa manera de apoyar tu hocico en la pierna y pegar golpecitos en el brazo cuando querías obligar a darte mimos, no quería tener que echar de menos tus manías y reproches, tus celos y tus juegos...

Daría lo que fuera por volver a despertar una mañana más y quedarme mirando cómo en sueños sacas la lengua y se te queda pegada al suelo; por verte retozar con el colchón mientras le gruñes cuando estás contenta; por escucharte avisar que alguien llama a la puerta aunque todos lo hayamos oído... Te voy a echar de menos, petarda. Porque 5 años son toda una vida y me han dado tiempo a acostumbrarme a quererte; ya no importan los años que pasen sin que estés a mi lado, jamás seré capaz de olvidarte.

Adiós, Nasha.

Nasha

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Había una vez un gatito negro. Un triste y solitario gatito negro que buscaba desesperado la luz de la luna. El gatito tenía unos ojos tiernos y luminosos que encandilaban a cualquiera. De hecho, ¡¡¡encandilaron a un montón de gente!!! El problema era que, como el animalillo seguía caminando, se acababa cruzando por delante de muchas de esas personas. Dicen que cuando un gato negro se cruza hacia la izquierda, es un signo de mala fortuna... El gatito no recuerda cuántas veces puede haberse cruzado con alguien. ¿Cómo podría recordar, entonces, si el cruce fue a izquierda o a derecha?

Con algunas personas, recuerda el paso... Claro que lo recuerda. Son las personas que le han marcado, que le han roto, que le han moldeado, que le han querido y odiado, que le han hecho convertirse en la mitad del gatito que es hoy (la otra mitad es sólo mérito o fracaso suyo). Pero no lo consigue... Por mucho que se estruja los sesos, por mucho que exprime el cerebelo, es incapaz de concretar hacia qué lado estaba pasando. Y así, pensando, se pasa las noches a vueltas hasta las tantas, recordando cada vida por la que ha pasado y si la ha dejado o no marcada con la siniestra maldición del cruce del gato negro.

Supongo que todos nos preguntamos qué marcas dejamos en las vidas de los demás. Y si son buenas o malas...

Pérdida

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Hoy es un día como otro cualquiera. Podría haber pasado mañana. O el viernes. Habría dado igual. ¿Conoces ese momento en el que haces algo tan bien que ya no se te necesita? Creo que si me hubiese ocurrido a mí, no me habría dolido más. Hoy le han dicho a alguien que su trabajo dejará de existir en breve. Se dedicaba a hacer compañía a una señora de la que no estaba muy claro que pudiese valerse por sí misma por un problema en las piernas.

Cuando esta persona llegó a la vida de la yaya, esta casi no se movía, no quería salir a pasear, le dolían las piernas... Con tiempo, paciencia, masajes, bromas y cariño, la mujer mayor comenzó a moverse de nuevo. Su ánimo mejoró, comenzó a pasear casi todos los días, bromeaba más todavía. Estaba contenta. Y entonces entran en juego sus maravillosos hijos. Resulta que ese trabajo bien hecho, se paga con la pensión de la abuela, mientras sus hijos deben hacerse cargo del resto de gastos. Demasiado para ellos, al parecer, porque ahora que ha mejorado, ya no necesita ayuda.

Me gustaría coger a esos malagradecidos y decirles en su puta cara que su madre no debería haberles pagado una educación, porque con darles de comer (y tampoco mucho, sólo lo suficiente) y vestirles, ya tendrían más de lo que merecían. Porque esa mujer necesita ayuda, necesita compañía, necesita constancia y alguien que la atienda. Pero sale caro. "Cuando te vuelvas a caer, volvemos a llamar a la chica y que se venga". Porque la chica no necesita trabajo, lo hace por amor al arte. Te dejamos aparcada y si eso, cuando volvamos a necesitarte, te llamamos otra vez.

Así va este puto mundo, señoras y señores. Y repito, que no tiene nada que ver con el puñetero blue monday, sino con la actitud que demostramos y el agradecimiento que no guardamos.

Que pasen un buen día mañana, que ya no será un depresivo lunes.

Blue Monday

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Esta soy yo después de estas fiestas


Con el firme convencimiento de mantener mis propósitos de año nuevo intactos, me veo en la obligación de escribir una entrada hoy en el blog. Al menos una por semana y hoy se cumple el plazo. Tengo un millón de ideas para publicar cosillas interesantes, pero todas requieren una preparación que las fiestas no me han permitido, así que tendrán que esperar un poco más de tiempo. Así que hoy, en lugar de ser algo interesante, será una rayada para salir del paso.

Fin de fiestas

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Año nuevo. Día 1 de enero y salvo por la comida de sobras y por el día de tirada total, diría que sigue siendo un poco más de lo mismo. Al menos, este año he podido comer las uvas, a ver si eso marca una diferencia y cambia algo la fortuna. Si no, espero que lo haga el hecho de que este año, 2017, es el año de Blade Runner (o de "Sueñan los androides con ovejas eléctricas"). Supongo que Philip K. Dick y Ridley Scott lo veían demasiado lejos. Y sin embargo aquí estamos.

Llevo muchos años plantándome por estas fechas y proponiéndome miles y miles de cosas que a veces consigo cumplir y otras no. Supongo que se trata de acertar con el nivel de exigencia con uno mismo. Mi nivel, últimamente, ha caído por los suelos. En definitiva, que ya no puedo confiar en mí como hace tiempo. El caso es que tras haber vuelto a las tradiciones, comer las uvas mientras sólo pisas con el pie derecho y brindar con oro en la copa tras las consabidas felicitaciones de año a los presentes, ahora me apetece tirar de propósitos para intentar obligarme a mí misma a hacer más de lo que creo que puedo.

Propósito nº1: Dejar de ser un ogro con quien menos lo merece.

Propósito nº2: Rescatar de algún rincón perdido mi paciencia.

Propósito nº3: Aprender a esperar a que pidan mi opinión para darla.

Propósito nº3: Sacarme más fotos con la chica más guapa de Bueu.

Propósito nº4: Terminar la segunda novela de la trilogía fantástica que estoy escribiendo.

Propósito nº5: Enviar la primera novela de la trilogía a una editorial (o a varias).

Propósito nº6: Terminar la primera parte de la saga de Comunicadoras (otra que estoy escribiendo).

Propósito nº7: Empezar un nuevo proyecto personal.

Propósito nº8: Recuperar la confianza en mí misma.

Propósito nº9: Escribir al menos cada domingo en el blog.

Propósito nº10: Aprovechar mejor el tiempo (que a veces quiere decir mirar hacia un lado, ver unos ojitos mirándote con cara de "juega conmigo, por favor" y dejarlo todo para hacer feliz a esa bola peluda...




Para terminar siendo tres en amor y compañía después de un ratillo de juegos.

En definitiva... Quiero aprender a disfrutar de la vida.





El año de Blade Runner

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Los golpes duelen, es cierto. "¿Para qué nos caemos? Para aprender a levantarnos". Hay tantas frases de películas o series que podría utilizar, que me cuesta quedarme sólo con una. También me cuesta centrarme. Será por tantos golpes en la cabeza. Es lo que tiene ser delantera. El caso es que el motivo principal de mi adoración por el rugby  a pesar de que a tanta gente le escandalice su supuesta violencia, es la compleja alegoría que presenta sobre la vida.


Escoges una meta y te guías por ella. La línea de ensayo te espera al otro lado. Todos tus pasos, aunque a veces se desvíen, pretenden acercarte a tu objetivo. Puede que la acumulación de rivales, de circunstancias, hagan que corras de lado, incluso que alguna delantera tocha te asuste lo suficiente como para recular... Pero si tienes claro dónde están los palos, al final encaminarás tus pasos de nuevo.



Chocas, duele, te tropiezas, caes, te quemas rodillas y codos, alguien más pesado que tú te aplasta, apenas puedes moverte... Pero te pones en pie. Pisas el balón, lo pones en juego con un Play the Ball y vuelves a intentar pensar. Delante de ti, manchas de colores irreconocibles. Por detrás, el mismo azul que el tuyo. Azul Custodians. Caras que reconoces con gestos que no acostumbras a ver en ellas. Son tus hermanas en la batalla, tu motivación, tus espuelas y tu combustible. Siempre ahí, siempre apoyándote.



Al igual que en la vida, te ves en la tesitura de tomar decisiones en cuestión de segundos. Estás encerrada y eliges entre la mejor o la menos mala de las opciones. A veces aciertas y vueltas alto. Otras te equivocas y das con los huesos de nuevo en el suelo. Pero nunca, jamás, dejas de levantarte. Porque supondría dejar a tus compañeras sin una más en el campo.



Aguantar. Romper. Avanzar. Seguir. Apoyar. Sufrir. Ensayar... Reír. Porque en el campo, en la vida, pese a todos los esfuerzos, puede alcanzarse fácilmente la alegría. Tras los moratones, las rozaduras, las agujetas y los pisotones hay un chute brutal de endorfinas y serotonina que encharca nuestros maltrechos cuerpos al igual que la cerveza del tercer tiempo. Disfrutas. Juegas. Hablas con el rival. Le elogias. Le censuras. Le aconsejas. Abrazos. Bromas. Risas. Fiestas. Y al día siguiente, con resaca, agujetas y cientos de heridas, sonríes al recordar el día de ayer. Y deseas que el próximo partido llegue lo más pronto posible. Por mucho que pueda llegar a doler...

El rugby te hace grande

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Puede que sea porque este año no he probado las uvas. No he escuchado las campanadas rodeada de la familia, no he seguido las tradiciones. Puede ser por eso, sí. O quizás por cualquier otro motivo. No viene de ahora, es algo que me lleva ocurriendo algún tiempo. No puedo cambiar. Soy consciente, veo todo lo malo que hay en mí. Lo reconozco, lo nombro, lo intuyo. Pero no consigo cambiarlo. Soy consciente de cada uno de mis defectos, pero no, no se irán. Llevo un tiempo recordando cuántas veces le he dicho a la gente que puede hacer lo que quiera, que sólo debe enfrentarse a sí mismo y decir: "NO, aquí mando yo y voy a hacer lo que me salga de los cojones". Y resulta que soy yo ahora la que no tiene huevos para poder hacer lo que le apetezca. Soy yo quien decide ponerse en forma y a los dos días está merendándose una tableta entera de chocolate. Soy la que decide dejar de hablar en los entrenamientos y acaba recibiendo la bronca de cualquiera por gritar... Soy la que quiere mandar a la mierda el trabajo, quiere cambiar las cosas, que todo el mundo se dé cuenta de todo lo malo que hay y la primera en callarse y dejar que todo siga su curso, prácticamente escondida debajo de una puta mesa para que no me llueva demasiada mierda encima, Estoy harta. Estoy muy harta de haber perdido a esa chica segura, paciente, con ideales y principios e ideas tan claros que no hacía falta que se bajase una botella de lambrusco sola para poder intentar conciliar el sueño. Que no habría escrito bajo los efectos del alcohol sabiendo que al día siguiente puede encontrar cosas que no sean demasiado agradables de leer. Mucho me temo que he perdido el rumbo. Mucho me temo que Any se ha quedado atrás y que el resultado actual sólo es una amalgama de acontecimientos, circunstancias y tirar palante con lo básico que ha quedado de la persona que siempre me he vanagloriado de ser. Joder... Cómo me hecho de menos... Y los putos propósitos de año nuevo, no se cumplirán esta vez. No hay uvas, no hay rumbo, no hay camino...

Propósitos de año nuevo

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Entre la espada y la pared. Esa es mi vida. Intento pasar desapercibida o destacar, ni yo misma lo sé. Sea lo uno o lo otro, no lo consigo. Me quedo a medio camino entre la nada, al lado del muro contra el que siempre golpeo mi cabeza. Golpean por ambos lados. A veces el golpe viene por la izquierda, otras por la derecha. Quizás no hay muro... Los golpes son directamente contra uno u otro bando indistintamente. O no... Mejor si el muro soy yo... Y estoy harta. Estoy harta y cansada de que todo el mundo siempre quiera pegarse cabezazos contra mí. Si existiese la posibilidad, me apartaría para que la colisión quedase entre los cerebros de chorlito que se niegan a entender que no son objetivos por mucho que lo crean. Ni siquiera yo, que estoy en el puto medio, entre izquierdas y derechas, entre días y noches, entre perros y gatos, entre buenos y malos (de ambos lados)... Ni siquiera yo puedo ser objetiva al 100%. Pero tampoco soy parcial. Nadie me ha lavado el cerebro. No me posiciono, pero nadie se detiene a escucharme el tiempo suficiente como para entenderlo. Ni siquiera gente que me conoce... Ni siquiera gente que me ha dado las gracias por estar a su lado es consciente de que si me voy al otro es porque creo que hay justicia en ello. No piensan, no escuchan, no dejan explicar y luego argumentan que soy yo quien interrumpe. Me altero, me apasiono y pierdo la razón en las formas. Y me pierdo un poquito más hasta el punto de mirar al espejo y no encontrar esas partes de mí que siempre he valorado y admirado.

Y suspiro. Decido irme a la cama después de una vorágine de balas y sangre destinadas a aplacar mi furia, mi desconsuelo, mi frustración. Y al pasar, el aire que levanto arrastra huellas del pasado que obligan a mis ojos a humedecerse. Se hace difícil seguir escribiendo. Quizás ese es mi problema. No me ha abandonado la musa, ni he perdido la inspiración. Sencillamente cada vez es más complicado condensar en palabras la negrura y el desasosiego de este corazón tarado que me ha tocado en suerte llevar en el pecho.

Muros

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Escuché el sonido que hacía al caer al suelo y lo supe enseguida: había muerto. Algo llevaba meses diciéndome que pasaría. Intenté prepararme para ello, pero por un motivo o por otro, no fui capaz de hacerlo. Aunque lo que más me extraña es esa sensación de tranquilidad, de desinterés que tengo ante ello. Hice todo lo posible por recuperarlo, por traerlo de vuelta a mí, pero nada sirvió. Ni siquiera las manos expertas de terceras personas ayudaron a solucionar el problema. Ese pequeño rectángulo azul cayó de mala manera y la pletina se dañó definitivamente. A la mierda toda una vida de fotos y recuerdos. A la mierda toda mi música. A la mierda años de trabajo organizando y ordenando archivos... Y aún así, no sé por qué, no me importa lo suficiente. Quizás porque me niego a que algo material consiga hacerme el daño suficiente como para desestructurar mi vida de esta manera. Y sin embargo duele. Duele el no recordar qué imágenes no podrás recuperar jamás. Duele el saber que todas las copias de seguridad de imágenes del móvil se han ido al garete. Duele el pensar a cuánta gente voy a tener que movilizar para conseguir recuperar al menos un 40 o 50% de todas las fotografías que tenía. De la música ya no hablaremos. Y todo después de un mes tratando de hacer copias de seguridad que el propio disco duro se encargaba de eliminar. No sé por qué, pero algo me dice que esto tenía que ser así, tenía que ocurrir, tenía que sufrir esa pérdida. Y debido a ello, a esa sensación extraña de pitonisa que me invade, entiendo que si ha sucedido, no puede ser para mal jamás... Algo ocurrirá que me hará olvidarme de este suceso. Quizás haya fotos que valore más que todas las que he perdido esperando a ser recuperadas en las manos de algún amigo. ¿Quién sabe? Veremos qué sale de ahí...

Pérdida

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Creo que es mi palabra favorita ahora mismo. FRUSTRADA. Sin embargo, después de la crisis de este mediodía, las ganas de llorar y la presión en el pecho, después de un buen entrenamiento de rugby, una buena llorera con un vídeo homenaje que un fotógrafo le hizo a su perro muerto de cáncer y de un capítulo de iZombie, las punzadas en el pecho se han ido. Siempre que ocurre algo así, recuerdo esa canción que tantas veces me ha acompañado de Silvia Penide y sonrío de medio lado al darme cuenta de que tiene muchísima razón. No me gustan los cambios a la fuerza. Muchas veces no me gustan a pesar de estar provocándolos yo...




Me siento frustrada todavía, claro que me frustra. Me revienta la sensación de que estás haciendo lo correcto, de que te esfuerzas en tu trabajo y das más de lo que nadie en tu puesto ha dado nunca. Y viene un capullo que compara los numeritos de este año con el anterior y te dice: "lo has hecho muy mal... Porque aquí habías hecho 14 y hay 2". Lo que ese CAPULLO INTEGRAL no ve, es que has hecho 20 de más, que quizás no del mismo tema que el año anterior... Pero has hecho más y SOBRE TODO, mejor. Pero eso aquí no importa. Ya debería haberme acostumbrado. No importa la calidad, importa la cantidad. MÁS, MÁS, MÁS... Siempre más... Nunca mejor. ¿Sinceramente? He cometido un gran error de nuevo. He decidido que mi trabajo era una gran parte de mi vida. Claro, ahora que había encontrado algo que me llenaba y me ayudaba a sentirme útil, no era difícil dejarse arrastrar por la sensación de ser buena en tu trabajo. No seré la primera ni la última que cometa ese error de pringada primeriza. A tomar por culo. Pero bueno, supongo que esto me vale para aprender la lección, para dar un paso atrás, para desligarme y hacer el trabajo justo en lugar del que creo correcto. El problema es que ese cambio lo sufrirá quien no tiene culpa de nada... Quizás pueda curarme de la impotencia y pueda seguir como hasta ahora. O quizás lo mande todo a la mierda y me vaya a algún puto agujero cómodo donde no tenga que hacer prácticamente nada. Ninguna de las dos opciones, ni seguir siendo una tonta ni rendirme por completo me valen para nada. Poco a poco y tiempo al tiempo. Tengo mes y medio apartada de todo lo que conozco, de mi zona de confort para pensar qué quiero que sea de mi vida a partir de ahora. Así que por el momento voy a hacerle caso a la señora Alaska y dejaré que ABSOLUTAMENTE TODO ME DÉ IGUAL.





Confío en que de nuevo, todo esto será para bien. Tarde o temprano, hasta las cosas malas me arrastran al lugar en donde tengo que estar. ¿Incomodidad? Por supuesto. ¿Miedo? Un montón. ¿Decepción? Infinita. Pero aquí sigo, golpe tras golpe. Si algo me ha enseñado el rugby es que cada vez que nos golpean, debemos volver a levantarnos para no dejar un hueco en nuestro lugar. Los compañeros se merecen ese apoyo. Pero no puedo evitar que la rabia me invada al ver lo mal que se hacen las cosas para que cuatro palurdos inflados de ego y ebrios de estupidez se metan cuatro euros más en el bolsillo o una bronca menos (absurda igual que sus pretensiones) en las reuniones con los grandes jefazos. Me revienta ver, no sólo que esto existe, que pasa, que está delante de nuestras narices cada día, sino que no pueda cambiarlo. Que no encuentre manera de poner fin a algo tan grande y que alrededor se esfuercen en recordarme que con quejarme, con enfadarme, con gritar y desahogarme no voy a conseguir nada y que tengo que tragar, aceptar y pegar el culo a esa posición conformista que todos desean que tome. Pues no quiero. Me niego. Seguiré protestando como pueda, en cualquier lugar, ante cualquiera que quiera escucharme. Porque fueron grandes protestas las que han ido moldeando y cambiando el mundo. Nunca sabes si tú serás el encargado de iniciar el siguiente cambio. "Lucha desde dentro", me decía mi hermano. A mi extraña manera, pausada y con una paciencia que teóricamente no tengo, sigo batallando para que esto cambie algún día, para que no se pidan imposibles que acaban frustrando el buen hacer y las ganas de cualquier ser humano.

Frustrada

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