Arranco con asco cada prenda que cubre mi piel. Cuesta, porque se pega a ella como si prácticamente se hubiera fundido... Con el calor de la ira y la frustración pueden hacerse milagros. O maldiciones. Llámalo como quieras.

Los zapatos pesan más de lo que han llegado a lastrarme jamás las botas tras más de 12 horas seguidas al pie del cañón. Al dejarlos en la taquilla, es como si se hudiese hasta el infierno. O hasta el mismísimo centro de la tierra, donde el magma espera para cargárselo todo.

Cierro casi de un portazo, pero la manga de una camisa blanca lo impide. Siempre hay un traje más incómodo que parece querer que me comporte correctamente. No entiende que soy incapaz de doblegarme a la estupidez.

Giro las llaves y la bola de dragón tintinea contra el metal. Contengo la respiración. Todavía faltan inmensos minutos para sentirme a salvo. No es mientras salgo del vestuario, los monstruos también acechan en las profundidades. Tampoco es tras el primer tramo de escaleras, ese es su territorio de caza. Ni siquiera cuando mis deportivas mascan el asfalto a la salida, cuando mi mano se refleja en el cristal de la garita al despedirme. Es cuando cruzo. El paso de zebra me transforma en una suerte de equino salvaje, libre. Pienso en otras cosas, el espeso fuel que cubría mi cuerpo se va desintegrando y cae un poco más con cada paso.

Apenas queda nada de él cuando el chico del bar me saluda (sin importar cuánto cambie, siempre me reconoce), llevándose la mano a la cabeza, recordándome la parte positiva de mis desvelos.

Las escaleras vuelven a introducirme bajo tierra. Y cuánto más abajo, más libre me siento. Cuando abro la cremallera de la mochila y tomo entre mis brazos las letras de otros, cuando me pierdo en mundos ficticios que no son los míos... Ahí, precisamente ahí, es donde mi realidad se desvanece y comienza a crearse algo distinto.

Doble vida

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A veces me siento un poco así, como esa flor que alguien se ha molestado en arrancar, pero que no ha cumplido mayor propósito que terminar su vida sobre las baldosas de la acera.
 
Me sé la teoría. Me sé que lo que vale una persona radica en sí mismo, en su interior, sus principios, sus creencias... Y no en el valor que los demás quieran darle. Pero es difícil mantener las ideas firmes cuando te arrancan, te admiran de cerca como si no valieses la pena y, finalmente, te dejan caer al suelo para que te pudras en el borde del camino.
 
Por suerte, estas actitudes a mi alrededor, coinciden con un momento en que me siento más fuerte que hace un año, incluso que hace unos meses. Por suerte, a pesar de que me afecte, no me rompe los esquemas ni me obliga a frenar el cambio que llevo desde enero imprimiéndole a mi vida. Por suerte, los obstáculos ya sólo me hacen perder el equilibrio y no terminan con mis rodillas magulladas tras caer al suelo.
 
He caído, me he levantado y me he hecho más fuerte. Gracias a este proceso, a pesar de que en mi día a día haya quien se encargue de intentar convertirme en un cero a la izquierda, tengo la entereza y la capacidad suficiente como para poner una coma y convertirme en la parte entera de un decimal.

Desechada

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Van y vienen. Las ideas y las ganas. Pocas veces vienen en el momento en que dispongo de tiempo y medios para reproducirlas. Hoy no es el caso. Pero algún día lograré que coincida.
 
Hace tiempo que le doy vueltas a la posibilidad de compartir mi alma de diversos modos. Supongo que es esa sensación de que, si no subes al tren, lo pierdes. Pero me falta valor. O quizás constancia. O puede que me sobre pereza. O que todavía valore demasiado mi identidad digital y no quiera ponerla más en riesgo de lo que ya lo está.
 
Mientras, retomo las viejas costumbres a golpe digital (de golpear furiosamente con los dedos la pantalla del móvil), regreso a la palabra escrita que tanto me ha ayudado en otras ocasiones. Terapia de vomitona literaria (subiéndome a la moto de que mis palabras lleguen al nivel de la literatura).
 
Voy poco a poco estructurando mi vida y mi propio interior. A veces, es un armario organizado, tirar cosas que ya no sirven, rompiendo el apego al pasado fútil e inútil que no hace más que frenarme los pasos. Otras veces, es buscar aquello que me ha hecho feliz e intentar desatarlo de nuevo. Hoy toca un pequeño escupitajo, mañana quizás pueda ser una entrada a la semana, incluso puede que me anime a la moda del vlog...
 
Nunca sabrás a dónde pueden llevarte tus pasos si no comienzas a caminar. Miro hacia los lados, sigue acechando el peligro. No importa, suspiro, me armo de valor y levanto la pierna derecha, precisamente la que me duele estos últimos días. La empujó hacia adelante con cierta timidez aprendida que no consigue frenarme lo suficiente. Y, con delicadeza, poso la suela de mis botas en el pavimento, iniciando con ello una reacción en cadena que me estremece hasta el alma.
 
Un primer paso. Un intento de programar una continuidad y una vida distinta a la que he llevado estos últimos años. El primer paso.

Programada

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Pelo rojo. Pelo rojo y piercing en la nariz. Pelo rojo, piercing en la nariz y uñas largas blancas. Sostiene "El País de la Nube Blanca" en sus pálidas manos. Por el borde de su camiseta de tiras azul eléctrico, se lee "Come What May" y se ve, al otro lado de la tira, un pequeño corazoncillo. Está completamente absorta en la lectura. Apenas mira más allá del libro entre sus manos, salvo para vigilar que no se pase su estación.

El tren se detiene. Se abren las puertas. Entra una mujer ya madura, pelo oscuro, con trazas de color caoba de algún tinte barato. Vestido de flores con fondo negro. Pero no rosas... Quizás claveles. Se sienta casi en frente, justo a mi lado. Su perfume es dulce y penetrante. Totalmente embriagador.

Ella levanta la cabeza y clava sus ojos oscuros en la mujer. No sé muy bien si en ella o en el enorme paquete, envuelto en bolsas, que lleva entre sus piernas. No puede dejar de mirarla. Yo no me atrevo a hacerlo, está demasiado cerca, así que me iré a casa sin conocer la razón.

La mujer suspira. Ella, sin dejar de mirarla, guarda el libro en el bolso transparente. Yo respiro, embriagada. La mujer se percata de que la miran. Se remueve incómoda y aferra con más fuerza el misterioso paquete con la mano derecha. Con la izquierda, abraza el bolso dorado y plateado que lleva en el regazo, brillante bajo las luces del metro.

Próxima estación: Alonso Martínez. Es mi parada. Me levanto y sorteo a la gente que me bloquea la salida. Ella sale conmigo. La mujer se queda sola, agarrándose con fuerza a su bolso y su paquete.

La chica de enfrente

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Parece que a pesar de todo, el mundo sigue girando (como dice Sergio Contreras en su canción Racismo, "destrozando"). Pero aquí sí echamos de menos a las almas que se han ido. Estoy algo consternada. No sé cómo sentirme. No sé si estar enfadada, triste, dolida, frustrada, rabiosa, impotente... No sé cómo tomarme todo lo que ha pasado. Porque la vida sigue. A pesar del dolor. A pesar de las muertes. A pesar de todo, las rosas siguen floreciendo.

Mi pecho es un hervidero de sentimientos sobre los que sólo destaca alguno por momentos. Sería muy pretencioso por mi parte pretender explicarlo. Nunca he podido definirme correctamente, así que no creo que ahora, con todo lo que está cayendo, vaya a ser diferente.

Pensaba irme pronto a la cama, descansar. Pero mi cabeza no para. Mi corazón bombea con más fuerza de la necesaria. Quizás me canse poco, por el día, lo cual resulta curioso porque cada mañana me cuesta bastante más levantarme.

He llegado a un punto en el que poco a poco he ido perdiendo todo lo que tenía, todo lo que hace un par de años me hacía feliz. Lo primero he sido yo misma. Mi forma física, incluso mi personalidad. Poco a poco se ha ido cubriendo de una capa de mugre que ya no soy capaz de limpiar. Después, el oval. Duele en el alma. Duele porque no tendría por qué ser una pérdida. Pero sin lo primero, no puedo continuar con lo segundo. Ahora Emma... Poco me queda ya de todo lo que en algún momento de esta existencia gatuna me haya arrancado una sonrisa. Quizás cargué a Emma con demasiado peso... Quizás le pedí que soportase no sólo mis kilos de más, sino también mis problemas y malos royos. En cuanto la perdí, volvieron mis neuras a aflorar. ¿Con motivo? Sí. Puede. No. No lo sé.

Siento que no será lo último que pierda. Siento que ayer he perdido todavía más. Un pedacito de mi alma se va con esas 14 víctimas de Barcelona. Otro parche más. Otra tirita. ¿Por qué tiene que afectarme tanto el mundo? Tengo miedo de dormir y soñar. Soñar con sombras que se acercan a romper la calma. Que tampoco es calma, sino sólo apariencia. Y quizás deberíamos dejar que lo rompan. Quizás la única manera de arreglarlo todo es tirarlo al suelo, barrer, comprar uno nuevo. Quizás. Quizás sea mejor que intente irme a la cama.

Buenas noches.

"El mundo sigue girando, destrozando"

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Llevo un monstruo dentro de mí. Cuando decidí echarme a caminar, lo sabía. Así que lo metí en la mochila. También metí un buen puñado de frustraciones, de recuerdos, de sueños, de inquietudes, de historias y de cuentos. Metí, en definitiva, todo lo que mi alma siempre va acumulando con su síndrome de diógenes senti/mental. Porque las personas que, como yo, sufrimos de apego crónico, necesitamos llevar siempre la mochila llena. Aunque luego las cosas no sirvan más que para hacer que nos duelan las rodillas.

Descubrí que ese monstruo del que no puedo librarme, ese al que le tengo apego aunque no quiera, sale a la superficie en ocasiones, en más circunstancias de las que me gustaría, en realidad. Normalmente, lo llama el dolor. Supongo que no sólo es el dolor físico, aunque es el más fácil de reconocer. Si los músculos me hacen sufrir un calvario, ahí sale, tomando mi voz, mi boca y toda la rabia que ocupa mi cuerpo. Yo soy el monstruo entonces. Y odio ser esa horrible criatura. Intento controlarla. Pero gana. Demasiadas veces.

Pero el camino no sólo me enseñó lo que no me gusta de mí. También me hizo rescatar algunos de los recuerdos antiguos que descansaban al fondo de esa enorme y pesada mochila. Me hizo rescatar a la niña sin miedo que puede con todo. De pequeña, tenía miedo a muchas cosas, por supuesto. Mi hermano se encargaba de asustarme de cuando en cuando para recordármelo. Pero hubo muchos de esos miedos a los que obligué a irse al carajo. La oscuridad, por ejemplo. Estuve años entrando en casa a oscuras, o mirando fijamente a la oscuridad para quitarme el temor de encima. Hasta tal punto que ahora me relaja. Me aferré a esa niña sin miedos y descubrí que la actual en lugar de luchar huye de ellos, los evita. No quiero ser esa persona tampoco. Quiero volver a ser esa valiente que afronta el pasillo de casa sin luz, a tientas, tragando saliva y rezando para que no salga una mano peluda y terrorífica desde alguna puerta para arrastrarla al infierno.

El dolor, cuando no aparece ese monstruo, me invita a ser más fuerte. Cuando controlo las ganas de gritar y morder a cualquiera que se acerque y me hable, descubro a la guerrera, a la Princesa de Jade que surge en mi interior. A la buena alumna de karate que recuerda a su maestra después de un buen trompazo diciéndole: "¿está roto? ¿No? ¡Pues sigue!". Y sigo. Puedo seguir. Pese al dolor, pese a que mi cuerpo se haya rendido, pese a que los pies se arrastren y tropiecen con las piedras... Puedo tirar para adelante y continuar caminando, sacando fuerzas de donde no las hay. Me he recordado que cuando venzo al monstruo, soy una buena soldado. Una imparable.

También he conocido un poco más a una persona excepcional que ha compartido recuerdos, vivencias y vida en general conmigo. Una persona que durante mi vida ha representado diversos papeles: el más importante el de madre, pero también amiga, apoyo, ayuda, psicóloga, nutricionista, doctora, enfermera... Un compendio que siempre ha sabido entregarme más de lo que yo pudiera desear. Más todavía en este viaje.

Ha sido algo místico. Algo terrible y hermoso a la vez. Me ha llevado hasta mis límites en demasiadas ocasiones (cualquiera diría que cinco días dan para tanto). Y he ido aprendiendo a analizarme de otra manera. Ahora, disfruto mucho más de algunas cosas, aunque sigo deseando verme sola en la tesitura de tener que avanzar, sin que nadie tire de mí ni hacia delante ni hacia atrás. Arrepentirme de seguir adelante sola. Arrepentirme de haberme detenido sola. Dejar que esa rabia surja y se enfoque única y exclusivamente en mí, para poder luchar contra ella en condiciones. Todavía puedo aprender mucho más del camino. Espero poder hacerlo pronto.


Las enseñanzas del Camino

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Hierba recién cortada. Me encanta ese olor. Olor a té blanco. Olor a recuerdos. Recuerdos de otra mujer, de otro tiempo, de otra vida. Recuerdos de una chica con la cabeza de acero que quería y creía que podía con todo. Recuerdos de amor, de frustración, de alegrías y miedos.

Acelero a fondo y mis fosas nasales se impregnan. No puedo cerrar los ojos y disfrutarlo como cuando mis manos rodeaban esa taza de cristal y metal, cuando mis compañeros se sentaban a mi alrededor en el descanso y charlábamos de cómo creíamos que sería nuestro futuro. Ni en un millón de años nos habríamos podido imaginar dónde estamos ahora. No cierro los ojos, pero respiro profundamente y suspiro.

Comparto con ELLA (que no conmigo) ese gusto por el olor del té blanco, de las máquinas cortacésped recién pasadas, de la tierra después de la lluvia (sólo en Galicia, en Madrid apesta a polución arrastrada por cada gota). Comparto tantas cosas con ELLA que no sé dónde se terminó su vida y comenzó la mía. A veces la hecho de menos. A veces la odio. A veces, y sólo a veces, desearía volver a ser ELLA, con sus preocupaciones vanas, con sus fortalezas extremas, con sus posibilidades infinitas...

Quizás aquel accidente, además de romper el tercer metatarsiano del pie derecho, quebró algo dentro de nuestra alma que transformó a una ELLA formidable en algo como YO. O tal vez a esa niñata le tocó crecer, conocer un mundo oscuro y lleno de matices con los que no contaba... Le tocó perder la partida en ocasiones importantes y ganarla cuando le daba igual lo que quería. Quizás ahora se plantea problemas y soluciones distintas. Ya no golpea las paredes con su cabeza/maza. Ya no pelea contra un Goliat empoderado por una sociedad enferma que la ha decepcionado profundamente. Ahora, sencillamente escava entre la basura que se le ha vertido encima, buscando un hueco donde sentirse cómoda, donde llegar a tener la consciencia (y la realidad) de que todo aquello que hace llega a un puerto seguro. Sigue, aunque haya cambiado (toda ella y sus métodos) tratando de dejar su huella en el mundo.


Olor a hierba recién cortada

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Dudo. A veces, sólo a veces, me acepto tal como soy. Otras... Otras no me aguanto a mí misma hasta el punto de que me echaría de casa para no tener que soportarme. Antaño, cuando me acuciaba este problema, dormía. Salida fácil para un problema realmente complicado. Ahora, cuando me desarma la banalidad fútil de mi existencia, distraigo mis sentidos ahogándome en historias que nada tengan que ver con la mía. Supongo que tengo la impresión de que, si analizase la vida que llevo, todo sería un enorme interrogante alrededor de varios conceptos enlatados:

¿Me quiero?
¿Me quieren?
¿Es esto todo?

Mi mente se esfuerza en creer que queda mucho por hacer. "Todavía no has publicado un libro, Any", me recuerda acuciante. "Ya puestos, tampoco has tenido hijos, y convendría que plantases algún que otro árbol...". Ya... Mira, puto cerebro de mierda... Eso es lo que alguien dice que debemos hacer para dejar nuestra huella en el mundo. ¿Y si yo no quiero dejar huella? ¿Y si no me creo que esa sea la manera? "Joder, Any... Pararía de reírme para llamarte gilipollas en tu puta cara, pero es que me acabas de contar el mejor chiste de toda mi jodida existencia. ¿No te lo crees? ¿TÚ NO TE LO CREES? A pies juntillas, princesa sin reino venida a menos". (Como podréis comprobar, no me caigo demasiado bien, soy una imbécil cuando quiero).

El caso es que siento un vacío en el pecho, donde mi antiguo mejor amigo (mi corazón), era el que guiaba mis pasos y mis sueños hasta su máxima exponente. Y analizo, analizo, sigo analizando... Y es una putada, porque tengo que echarle la culpa a algo (sino al final la culpa será mía y eso es ¡¡¡TERRÍBILIS!!!). Echo la vista hacia atrás y me planteo cuándo comenzó todo esto. Analizo los factores, no los comprendo, dudo, reculo, me lo pienso otra vez... Y sigo sin tener nada claro. ¿Qué necesito para recuperar esa imagen de mí misma a la que amaba más que a nada en el mundo (incluso más que a nadie en el mundo pese a lo que de cuando en cuando quisiese obligarme a creer el puto órgano central que bombeaba mi sangre)?

Sé lo que necesito. Necesito una epifanía... Una de esas buenas hostias en la cara que descoloque mi mente y me obligue a currármelo para volver a estructurarla. Es lo que necesito, sí. Lo sé, lo tengo clarísimo... Pero también tengo claro que no es lo que quiero. Porque otro de los maravillosos defectos que se me ha colado en la mochila con el tiempo, es el MIEDO. Y me acojona... Me acojona perder hasta una moneda de 5 céntimos... Así que me freno, me quedo en la cuneta mientras veo a los coches pasar a toda hostia por el asfalto helado de un invierno más. Y soy plenamente consciente de que sólo hay dos maneras de salir de ahí. Una, es levantando la mano, dando un "me gusta" y que alguno de los vehículos pare para sacarme del agujero. La otra, es plantarme ante el camión más grande que vea aparecer por el horizonte y permitirle que me lance por los aires hasta una nueva dimensión de mí misma.

Ala... No pretendía escribir lo que he escrito... Pero son los peligros de analizarse a una misma. Pos a tomar por culo...


Análisis de la personalidad externa subyacente. Vol. II: ME QUIERO, NO ME QUIERO

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2008. Fallas, Valencia.

"Tu padre está muy mal".

Bonita manera de celebrar el día del padre, ¿verdad?

"Pues vuelvo a casa".

"No, no, tú tranquila. Aguantará un par de días para que llegues a despedirte".

No aguantó.

El día 21, de madrugada, expiró su último aliento. Yo estaba mirando al techo, esperando a que pasasen las horas para coger el avión y apretar su mano por última vez. No pudo ser.

Era un hombre complejo. Tanto, que no puedo decir que llegase a conocerle. Sí, durante 11 años para mí fue el mejor padre del mundo. A pesar de las peleas de broma que acababan con llantos, o de los cinturonazos que caían cuando no me portaba bien (que era bastante amenudo, por cierto). Ese hombre moldeó mi conciencia, mi personalidad, mi fuerza... Y luego se largó y me dejó más tirada que una colilla a la salida de un baño en una gasolinera en cualquier carretera estatal.

Ojalá estas cosas me hubiesen pillado un poco más mayor. Lo suficientemente mayor para llegar al chino donde nos veíamos una vez al mes (o cada dos o tres meses), sentarme y preguntar: "¿qué música te gusta, papá?" "¿Cómo fue tu infancia?" "¿Cuales eran tus sueños?" La posibilidad de haberle conocido como persona, no sólo como un fracaso de padre, de los de "haz lo que yo digo y no lo que yo hago". Haber podido madurar la pregunta antes de su muerte... "¿Papá. por qué me llamo Ana? Cuéntame esa historia, por favor..."

Quedaron tantas cosas por decir...

Hace relativamente poco, alguien me dijo que tenía que dejarle ir, dejar de darle vueltas a estas historias, sacar la frustración por él de mi corazón. Pero cuando tanto El Corte Inglés como el resto del mundo se empeñan en recordarme no sólo que ya no tengo un padre, sino que el mío se fue sin que pudiese despedirme, que hubo un año en el que este día no lo felicité porque era una cría y estaba más cabreada con él que con el mundo, porque quería provocar en él una reacción (cosa que hice y que todavía me duele más recordar...). Porque dejé de regalarle nada, porque hasta dejé de considerarle mi padre, porque sólo sentía que me había fallado. Por eso odio estas fechas... Desde que empiezan los anuncios de "regálale algo caro a tu padre" hasta que pasa el día 21... Las odio con todas mis fuerza, como no he odiado nada en mi vida. Ojalá todo eso me hubiese pillado más mayor, con más cabeza, con menos rencor y más vida. Ojalá me hubiese pillado ahora y pudiese haberme hecho amiga de mi padre. Porque sé que era un hombre complejo, interesante, lleno de luces y sombras... Alguien digno de conocer.

Pero bueno... Ahora es inútil lamentarse. Ahora sólo me queda odiar estas fechas por toda la basura que me hacen sentir.

Allí donde estés: Feliz día del padre.

Querido papá

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El blog va poco a poco. Mi informático favorito todavía no ha conseguido que funcionen correctamente los comentarios. Dicen que Wordpress da menos problemas. Pero quizás la tónica de mi vida ha sido complicarme siempre más de lo necesario. Supongo que este blog tiene tanta trayectoria en mi vida que me niego un poco a aceptar migrarlo... Poquito a poco... Quizás la practicidad me acabe venciendo, quizás sea yo la que se rinda sin luchar. Por ahora, aquí nos quedamos, no hay tiempo para pensar más. Mi cerebro me pide un descansito, aunque, para variar, no estoy en disposición de dárselo.

Trabajo, trabajo y más trabajo. Empiezo nuevos proyectos. Abandono frustraciones antiguas... No paro. Psicológicamente, porque físicamente los kilos se acumulan ante mi costumbre de sentarme al ordenador a la mínima oportunidad. Ya van por 80 y algo... Reconozco lo que llevo en la boca del estómago que me obliga a tragar todo lo que se me pone por delante. Es ansiedad. Por demasiadas cosas. Quizás debiese acelerar el proyecto que tengo en mente para recuperar la fe en la raza humana, pero la escased de tiempo y a veces también de ganas, me frena lo suficiente como para preferir ponerme una peli y evadirme del mundo. (Por cierto, super recomendable para ello la de Dr. Strange, todo un descubrimiento, me llegué a emocionar y todo...).

Veo cosas que me ponen los pelos de punta a diario. Y... Ufff... Estoy atacada con el retroceso mental de la sociedad actual al respecto de las libertades sociales. Confundir el tocino con la velocidad, acusar a la educación en tolerancia y en respeto de adoctrinamientos, palizas brutales a personas - sin que me importe una mierda el motivo o que en este caso (orientación sexual) ni siquiera exista... Me da miedo en lo que se está convirtiendo el mundo. Me da auténtico pavor. Y ahora, después de tanto tiempo viendo cómo ocurría esto, cómo se iba gestando poco a poco, siento que tengo los conocimientos adecuados para aportar mi granito de arena para poder cambiar las cosas... Tengo que intentarlo. Al menos intentarlo...

Y con este Break de todos los proyectos que tengo pensados para el blog (el Análisis de Personalidad, la Confianza en la Raza Humana, la Princesa de Jade...), con este "descanso" intento dar un amago de continuidad a esto para no volver a perder del todo el hilo. Aunque sea "despacito", seguiremos avanzando.

Take a break

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