Hoy es un día como otro cualquiera. Podría haber pasado mañana. O el viernes. Habría dado igual. ¿Conoces ese momento en el que haces algo tan bien que ya no se te necesita? Creo que si me hubiese ocurrido a mí, no me habría dolido más. Hoy le han dicho a alguien que su trabajo dejará de existir en breve. Se dedicaba a hacer compañía a una señora de la que no estaba muy claro que pudiese valerse por sí misma por un problema en las piernas.

Cuando esta persona llegó a la vida de la yaya, esta casi no se movía, no quería salir a pasear, le dolían las piernas... Con tiempo, paciencia, masajes, bromas y cariño, la mujer mayor comenzó a moverse de nuevo. Su ánimo mejoró, comenzó a pasear casi todos los días, bromeaba más todavía. Estaba contenta. Y entonces entran en juego sus maravillosos hijos. Resulta que ese trabajo bien hecho, se paga con la pensión de la abuela, mientras sus hijos deben hacerse cargo del resto de gastos. Demasiado para ellos, al parecer, porque ahora que ha mejorado, ya no necesita ayuda.

Me gustaría coger a esos malagradecidos y decirles en su puta cara que su madre no debería haberles pagado una educación, porque con darles de comer (y tampoco mucho, sólo lo suficiente) y vestirles, ya tendrían más de lo que merecían. Porque esa mujer necesita ayuda, necesita compañía, necesita constancia y alguien que la atienda. Pero sale caro. "Cuando te vuelvas a caer, volvemos a llamar a la chica y que se venga". Porque la chica no necesita trabajo, lo hace por amor al arte. Te dejamos aparcada y si eso, cuando volvamos a necesitarte, te llamamos otra vez.

Así va este puto mundo, señoras y señores. Y repito, que no tiene nada que ver con el puñetero blue monday, sino con la actitud que demostramos y el agradecimiento que no guardamos.

Que pasen un buen día mañana, que ya no será un depresivo lunes.

Blue Monday

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Esta soy yo después de estas fiestas


Con el firme convencimiento de mantener mis propósitos de año nuevo intactos, me veo en la obligación de escribir una entrada hoy en el blog. Al menos una por semana y hoy se cumple el plazo. Tengo un millón de ideas para publicar cosillas interesantes, pero todas requieren una preparación que las fiestas no me han permitido, así que tendrán que esperar un poco más de tiempo. Así que hoy, en lugar de ser algo interesante, será una rayada para salir del paso.

Fin de fiestas

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Año nuevo. Día 1 de enero y salvo por la comida de sobras y por el día de tirada total, diría que sigue siendo un poco más de lo mismo. Al menos, este año he podido comer las uvas, a ver si eso marca una diferencia y cambia algo la fortuna. Si no, espero que lo haga el hecho de que este año, 2017, es el año de Blade Runner (o de "Sueñan los androides con ovejas eléctricas"). Supongo que Philip K. Dick y Ridley Scott lo veían demasiado lejos. Y sin embargo aquí estamos.

Llevo muchos años plantándome por estas fechas y proponiéndome miles y miles de cosas que a veces consigo cumplir y otras no. Supongo que se trata de acertar con el nivel de exigencia con uno mismo. Mi nivel, últimamente, ha caído por los suelos. En definitiva, que ya no puedo confiar en mí como hace tiempo. El caso es que tras haber vuelto a las tradiciones, comer las uvas mientras sólo pisas con el pie derecho y brindar con oro en la copa tras las consabidas felicitaciones de año a los presentes, ahora me apetece tirar de propósitos para intentar obligarme a mí misma a hacer más de lo que creo que puedo.

Propósito nº1: Dejar de ser un ogro con quien menos lo merece.

Propósito nº2: Rescatar de algún rincón perdido mi paciencia.

Propósito nº3: Aprender a esperar a que pidan mi opinión para darla.

Propósito nº3: Sacarme más fotos con la chica más guapa de Bueu.

Propósito nº4: Terminar la segunda novela de la trilogía fantástica que estoy escribiendo.

Propósito nº5: Enviar la primera novela de la trilogía a una editorial (o a varias).

Propósito nº6: Terminar la primera parte de la saga de Comunicadoras (otra que estoy escribiendo).

Propósito nº7: Empezar un nuevo proyecto personal.

Propósito nº8: Recuperar la confianza en mí misma.

Propósito nº9: Escribir al menos cada domingo en el blog.

Propósito nº10: Aprovechar mejor el tiempo (que a veces quiere decir mirar hacia un lado, ver unos ojitos mirándote con cara de "juega conmigo, por favor" y dejarlo todo para hacer feliz a esa bola peluda...




Para terminar siendo tres en amor y compañía después de un ratillo de juegos.

En definitiva... Quiero aprender a disfrutar de la vida.





El año de Blade Runner

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Los golpes duelen, es cierto. "¿Para qué nos caemos? Para aprender a levantarnos". Hay tantas frases de películas o series que podría utilizar, que me cuesta quedarme sólo con una. También me cuesta centrarme. Será por tantos golpes en la cabeza. Es lo que tiene ser delantera. El caso es que el motivo principal de mi adoración por el rugby  a pesar de que a tanta gente le escandalice su supuesta violencia, es la compleja alegoría que presenta sobre la vida.


Escoges una meta y te guías por ella. La línea de ensayo te espera al otro lado. Todos tus pasos, aunque a veces se desvíen, pretenden acercarte a tu objetivo. Puede que la acumulación de rivales, de circunstancias, hagan que corras de lado, incluso que alguna delantera tocha te asuste lo suficiente como para recular... Pero si tienes claro dónde están los palos, al final encaminarás tus pasos de nuevo.



Chocas, duele, te tropiezas, caes, te quemas rodillas y codos, alguien más pesado que tú te aplasta, apenas puedes moverte... Pero te pones en pie. Pisas el balón, lo pones en juego con un Play the Ball y vuelves a intentar pensar. Delante de ti, manchas de colores irreconocibles. Por detrás, el mismo azul que el tuyo. Azul Custodians. Caras que reconoces con gestos que no acostumbras a ver en ellas. Son tus hermanas en la batalla, tu motivación, tus espuelas y tu combustible. Siempre ahí, siempre apoyándote.



Al igual que en la vida, te ves en la tesitura de tomar decisiones en cuestión de segundos. Estás encerrada y eliges entre la mejor o la menos mala de las opciones. A veces aciertas y vueltas alto. Otras te equivocas y das con los huesos de nuevo en el suelo. Pero nunca, jamás, dejas de levantarte. Porque supondría dejar a tus compañeras sin una más en el campo.



Aguantar. Romper. Avanzar. Seguir. Apoyar. Sufrir. Ensayar... Reír. Porque en el campo, en la vida, pese a todos los esfuerzos, puede alcanzarse fácilmente la alegría. Tras los moratones, las rozaduras, las agujetas y los pisotones hay un chute brutal de endorfinas y serotonina que encharca nuestros maltrechos cuerpos al igual que la cerveza del tercer tiempo. Disfrutas. Juegas. Hablas con el rival. Le elogias. Le censuras. Le aconsejas. Abrazos. Bromas. Risas. Fiestas. Y al día siguiente, con resaca, agujetas y cientos de heridas, sonríes al recordar el día de ayer. Y deseas que el próximo partido llegue lo más pronto posible. Por mucho que pueda llegar a doler...

El rugby te hace grande

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Puede que sea porque este año no he probado las uvas. No he escuchado las campanadas rodeada de la familia, no he seguido las tradiciones. Puede ser por eso, sí. O quizás por cualquier otro motivo. No viene de ahora, es algo que me lleva ocurriendo algún tiempo. No puedo cambiar. Soy consciente, veo todo lo malo que hay en mí. Lo reconozco, lo nombro, lo intuyo. Pero no consigo cambiarlo. Soy consciente de cada uno de mis defectos, pero no, no se irán. Llevo un tiempo recordando cuántas veces le he dicho a la gente que puede hacer lo que quiera, que sólo debe enfrentarse a sí mismo y decir: "NO, aquí mando yo y voy a hacer lo que me salga de los cojones". Y resulta que soy yo ahora la que no tiene huevos para poder hacer lo que le apetezca. Soy yo quien decide ponerse en forma y a los dos días está merendándose una tableta entera de chocolate. Soy la que decide dejar de hablar en los entrenamientos y acaba recibiendo la bronca de cualquiera por gritar... Soy la que quiere mandar a la mierda el trabajo, quiere cambiar las cosas, que todo el mundo se dé cuenta de todo lo malo que hay y la primera en callarse y dejar que todo siga su curso, prácticamente escondida debajo de una puta mesa para que no me llueva demasiada mierda encima, Estoy harta. Estoy muy harta de haber perdido a esa chica segura, paciente, con ideales y principios e ideas tan claros que no hacía falta que se bajase una botella de lambrusco sola para poder intentar conciliar el sueño. Que no habría escrito bajo los efectos del alcohol sabiendo que al día siguiente puede encontrar cosas que no sean demasiado agradables de leer. Mucho me temo que he perdido el rumbo. Mucho me temo que Any se ha quedado atrás y que el resultado actual sólo es una amalgama de acontecimientos, circunstancias y tirar palante con lo básico que ha quedado de la persona que siempre me he vanagloriado de ser. Joder... Cómo me hecho de menos... Y los putos propósitos de año nuevo, no se cumplirán esta vez. No hay uvas, no hay rumbo, no hay camino...

Propósitos de año nuevo

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Entre la espada y la pared. Esa es mi vida. Intento pasar desapercibida o destacar, ni yo misma lo sé. Sea lo uno o lo otro, no lo consigo. Me quedo a medio camino entre la nada, al lado del muro contra el que siempre golpeo mi cabeza. Golpean por ambos lados. A veces el golpe viene por la izquierda, otras por la derecha. Quizás no hay muro... Los golpes son directamente contra uno u otro bando indistintamente. O no... Mejor si el muro soy yo... Y estoy harta. Estoy harta y cansada de que todo el mundo siempre quiera pegarse cabezazos contra mí. Si existiese la posibilidad, me apartaría para que la colisión quedase entre los cerebros de chorlito que se niegan a entender que no son objetivos por mucho que lo crean. Ni siquiera yo, que estoy en el puto medio, entre izquierdas y derechas, entre días y noches, entre perros y gatos, entre buenos y malos (de ambos lados)... Ni siquiera yo puedo ser objetiva al 100%. Pero tampoco soy parcial. Nadie me ha lavado el cerebro. No me posiciono, pero nadie se detiene a escucharme el tiempo suficiente como para entenderlo. Ni siquiera gente que me conoce... Ni siquiera gente que me ha dado las gracias por estar a su lado es consciente de que si me voy al otro es porque creo que hay justicia en ello. No piensan, no escuchan, no dejan explicar y luego argumentan que soy yo quien interrumpe. Me altero, me apasiono y pierdo la razón en las formas. Y me pierdo un poquito más hasta el punto de mirar al espejo y no encontrar esas partes de mí que siempre he valorado y admirado.

Y suspiro. Decido irme a la cama después de una vorágine de balas y sangre destinadas a aplacar mi furia, mi desconsuelo, mi frustración. Y al pasar, el aire que levanto arrastra huellas del pasado que obligan a mis ojos a humedecerse. Se hace difícil seguir escribiendo. Quizás ese es mi problema. No me ha abandonado la musa, ni he perdido la inspiración. Sencillamente cada vez es más complicado condensar en palabras la negrura y el desasosiego de este corazón tarado que me ha tocado en suerte llevar en el pecho.

Muros

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Escuché el sonido que hacía al caer al suelo y lo supe enseguida: había muerto. Algo llevaba meses diciéndome que pasaría. Intenté prepararme para ello, pero por un motivo o por otro, no fui capaz de hacerlo. Aunque lo que más me extraña es esa sensación de tranquilidad, de desinterés que tengo ante ello. Hice todo lo posible por recuperarlo, por traerlo de vuelta a mí, pero nada sirvió. Ni siquiera las manos expertas de terceras personas ayudaron a solucionar el problema. Ese pequeño rectángulo azul cayó de mala manera y la pletina se dañó definitivamente. A la mierda toda una vida de fotos y recuerdos. A la mierda toda mi música. A la mierda años de trabajo organizando y ordenando archivos... Y aún así, no sé por qué, no me importa lo suficiente. Quizás porque me niego a que algo material consiga hacerme el daño suficiente como para desestructurar mi vida de esta manera. Y sin embargo duele. Duele el no recordar qué imágenes no podrás recuperar jamás. Duele el saber que todas las copias de seguridad de imágenes del móvil se han ido al garete. Duele el pensar a cuánta gente voy a tener que movilizar para conseguir recuperar al menos un 40 o 50% de todas las fotografías que tenía. De la música ya no hablaremos. Y todo después de un mes tratando de hacer copias de seguridad que el propio disco duro se encargaba de eliminar. No sé por qué, pero algo me dice que esto tenía que ser así, tenía que ocurrir, tenía que sufrir esa pérdida. Y debido a ello, a esa sensación extraña de pitonisa que me invade, entiendo que si ha sucedido, no puede ser para mal jamás... Algo ocurrirá que me hará olvidarme de este suceso. Quizás haya fotos que valore más que todas las que he perdido esperando a ser recuperadas en las manos de algún amigo. ¿Quién sabe? Veremos qué sale de ahí...

Pérdida

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Creo que es mi palabra favorita ahora mismo. FRUSTRADA. Sin embargo, después de la crisis de este mediodía, las ganas de llorar y la presión en el pecho, después de un buen entrenamiento de rugby, una buena llorera con un vídeo homenaje que un fotógrafo le hizo a su perro muerto de cáncer y de un capítulo de iZombie, las punzadas en el pecho se han ido. Siempre que ocurre algo así, recuerdo esa canción que tantas veces me ha acompañado de Silvia Penide y sonrío de medio lado al darme cuenta de que tiene muchísima razón. No me gustan los cambios a la fuerza. Muchas veces no me gustan a pesar de estar provocándolos yo...




Me siento frustrada todavía, claro que me frustra. Me revienta la sensación de que estás haciendo lo correcto, de que te esfuerzas en tu trabajo y das más de lo que nadie en tu puesto ha dado nunca. Y viene un capullo que compara los numeritos de este año con el anterior y te dice: "lo has hecho muy mal... Porque aquí habías hecho 14 y hay 2". Lo que ese CAPULLO INTEGRAL no ve, es que has hecho 20 de más, que quizás no del mismo tema que el año anterior... Pero has hecho más y SOBRE TODO, mejor. Pero eso aquí no importa. Ya debería haberme acostumbrado. No importa la calidad, importa la cantidad. MÁS, MÁS, MÁS... Siempre más... Nunca mejor. ¿Sinceramente? He cometido un gran error de nuevo. He decidido que mi trabajo era una gran parte de mi vida. Claro, ahora que había encontrado algo que me llenaba y me ayudaba a sentirme útil, no era difícil dejarse arrastrar por la sensación de ser buena en tu trabajo. No seré la primera ni la última que cometa ese error de pringada primeriza. A tomar por culo. Pero bueno, supongo que esto me vale para aprender la lección, para dar un paso atrás, para desligarme y hacer el trabajo justo en lugar del que creo correcto. El problema es que ese cambio lo sufrirá quien no tiene culpa de nada... Quizás pueda curarme de la impotencia y pueda seguir como hasta ahora. O quizás lo mande todo a la mierda y me vaya a algún puto agujero cómodo donde no tenga que hacer prácticamente nada. Ninguna de las dos opciones, ni seguir siendo una tonta ni rendirme por completo me valen para nada. Poco a poco y tiempo al tiempo. Tengo mes y medio apartada de todo lo que conozco, de mi zona de confort para pensar qué quiero que sea de mi vida a partir de ahora. Así que por el momento voy a hacerle caso a la señora Alaska y dejaré que ABSOLUTAMENTE TODO ME DÉ IGUAL.





Confío en que de nuevo, todo esto será para bien. Tarde o temprano, hasta las cosas malas me arrastran al lugar en donde tengo que estar. ¿Incomodidad? Por supuesto. ¿Miedo? Un montón. ¿Decepción? Infinita. Pero aquí sigo, golpe tras golpe. Si algo me ha enseñado el rugby es que cada vez que nos golpean, debemos volver a levantarnos para no dejar un hueco en nuestro lugar. Los compañeros se merecen ese apoyo. Pero no puedo evitar que la rabia me invada al ver lo mal que se hacen las cosas para que cuatro palurdos inflados de ego y ebrios de estupidez se metan cuatro euros más en el bolsillo o una bronca menos (absurda igual que sus pretensiones) en las reuniones con los grandes jefazos. Me revienta ver, no sólo que esto existe, que pasa, que está delante de nuestras narices cada día, sino que no pueda cambiarlo. Que no encuentre manera de poner fin a algo tan grande y que alrededor se esfuercen en recordarme que con quejarme, con enfadarme, con gritar y desahogarme no voy a conseguir nada y que tengo que tragar, aceptar y pegar el culo a esa posición conformista que todos desean que tome. Pues no quiero. Me niego. Seguiré protestando como pueda, en cualquier lugar, ante cualquiera que quiera escucharme. Porque fueron grandes protestas las que han ido moldeando y cambiando el mundo. Nunca sabes si tú serás el encargado de iniciar el siguiente cambio. "Lucha desde dentro", me decía mi hermano. A mi extraña manera, pausada y con una paciencia que teóricamente no tengo, sigo batallando para que esto cambie algún día, para que no se pidan imposibles que acaban frustrando el buen hacer y las ganas de cualquier ser humano.

Frustrada

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Es incredulidad. Incredulidad y miedo. Incredulidad, miedo y tal vez vergüenza. Tal vez algo peor... Le he visto caer a las vías. La rabia, el dolor, la impotencia... Son tantos golpes en los últimos meses... No son directos. Son más bien ganchos de izquierdas tras un fuerte amago de derechas... Y en el centro, en los márgenes, en medio de ninguna parte vemos a nuestra gente recibir cada estocada, como un toro indefenso en el ruedo de la vida. Y agachamos la frente con dolor. Y la levantamos por una mezcla de orgullo y envidia mal llevada.

Si Vanessa me pillaba sin palabras, Francisco Javier me ha arrancado incluso la voz del pecho. No sé qué decir. No sé qué pensar. No sé qué sentir. Sólo sé que no sé nada.

¿Qué tipo de sociedad estamos buscando? ¿Qué estamos creando/criando en el seno de nuestra patria? ¿Por qué la tolerancia y el respeto no valen una puta mierda? Y me enciendo. Me enciendo y me apago, y caigo, y las lágrimas se me escapan, y los gritos, la rabia, la presión de no saber que sé apenas nada... El no poder mover un dedo para que nada cambie. El que todo me presione alrededor para llevarme a dónde "ellos" quieren. ¿ELLOS? Quizás todos los demás. Quizás ni yo misma.

Me lío y me enredo en la vorágine de la mala hostia que me invade cuando veo muertes aplaudidas por cualquiera de los "bandos" autoproclamados". Veo fervor a la sangre, al drama, al dolor y al miedo... Veo crueldad y matices de diferencia en lugar de buscar todo aquello que nos une. Y cada paso me aleja un poco más de esta humanidad exclava que me ata por los tobillos con la argolla de una pertenencia que jamás he deseado ni desearé. Cada día tengo más ganas de dejar toda esta mierda atrás...

Consternación

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¿Por dónde empezar? Siento una punzada en el pecho... Quizás sea la noticia de la brutal paliza que les dieron a dos chicos gays en Madrid... Quizá que el gobierno haya decidido atacar al lobo ibérico, esa magnífica y bella especie que ocupa menos tierras de las que debería porque "nuestras" explotaciones ganaderas han minado su coto de caza. Quizás la gente que me juzga por mi apariencia sin pararse a pensar que debajo de mi polo negro/azul hay un corazón que pretende ayudar a todo el que lo necesite...

No sé lo que es. Sé que hoy es el punto álgido de un agobio brutal relacionado con el mundo que me rodea, que cada vez me da más miedo y más ganas de huir y esconderme en un rincón donde nadie me encuentre. Lo admito: tengo miedo. Tengo miedo de tener que elegir un bando entre mi razón y mi corazón. Tengo miedo a no estar a la altura de las circunstancias. Tengo miedo a perder mis principios (esos que muchos echan de menos sin mirar si los tengo y que la mayoría de los que los conocen echan de más...).

No tengo la sensación de que se paren a entenderme antes de juzgarme. Por supuesto, sabía dónde me estaba metiendo, pero no encontrar comprensión en ninguno de los dos bandos supera con creces mis expectativas... Estoy harta de los pensadores en blanco y negro que no hacen más que criticar el filtro gris con el que observo el mundo porque creen que es el espejo de un enemigo que jamás ha existido ni existirá. No soy el enemigo. De nadie... La vida me ha enseñado que la felicidad se encuentra detrás de cada sonrisa que consigues despertar. Así que, sin comerlo ni beberlo, me convertí en una buscadora de sonrisas que poco a poco se va cansando de dejarse los dientes contra el muro de la indiferencia de una sociedad dividida que no permite que intentes entenderla y consolarla.

Tengo 29 años. Sólo 29. Ya 29... Y en todo este tiempo he conocido gente maravillosa y muy dispar, lo sé. Pero hay mucha más mierda en el mundo que belleza y flores de colores. Y esa mierda la llevo en el zapato, apestando, recordándome que he pasado por encima de lo que no debía.

Toca cerrar los ojos y dormir. Toca descansar. Toca apagar el universo poniendo un fino telón de párpados a la obrilla de teatro que damos en llamar vida. Y por suerte, en la obra de mi vida sobra la felicidad de girarme en la cama y abrazarme a la calidez de otro cuerpo que quizás llegue a confundir con el mío. Sin ella... puede que hace tiempo que hubiese abandonado la superficie...

El mundo resquebrajado

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