Archive for julio 2013

Llega un momento en el que una lágrima traviesa se niega a volver de nuevo al lugar del que ha venido y se escurre lentamente por la mejilla con ansias de libertad.

Hay quien cree que cuando llega ese momento, sale todo en tropel. Todo lo que llevas aguantando durante los últimos días. Sale la frustración, la impotencia, la rabia, el dolor, la pena, la tristeza... Sale el que no puedas aportar nada ante la catástrofe más grande que se ha producido jamás en tu tierra. Sale la sensación de que nunca estás cuando deberías para poder evitar los problemas de después. Sale la lejanía absurda de tu apoyo más grande. La estupidez de unas fórmulas obsoletas que resultan en la posibilidad de la muerte de alguien a quién quieres y que no merece pasar por algo así. Las bandadas de carroñeros sobrevolando los restos del cadáver con sus ojos de konika retratando los malos momentos de gente que ya ha sufrido bastante. Sale también ese orgullo por los compadres, por los vecinos, por los compañeros. Ves sus rostros y te lamentas de no haber podido darles una mano cuando les hacía falta,  de compartir con ellos la pesada carga del horror y la tragedia, de darles el abrazo que precisan...

Te sientes menos que nada ante poderes que escapan a tu comprensión, a tu entendimiento, a tu razón e incluso a tu fe. Y haces lo único que puedes hacer: coges un trébol de cuatro hojas y lo llevas a ese improvisado altar que han levantado a las puertas de la catedral de Santiago para ofecer suerte a toda esa gente que tanto la necesita. A todo el pasillo de críticos delante de tu madre que descansan calcinados quizás un sueño que se vuelva eterno, a toda la gente que deberá aprender a vivir sin alguien a quien quiere. A todos los que han sobrevivido a una experiencia horrible y han visto quedarse a los demás atrás. A cualquier víctima de las circunstancias, incluída tu madre, que pasará una noche más con todos esos críticos del tren sin haber estado allí, pero viéndose profundamente afectada por él.

Y cuando por fin llegas a casa, agotada, dolorida y sin más fuerzas, el sueño te niega sus brazos y te envía a la nevera compulsivamente una y otra vez, quizás por causa de la puta regla, o quizás porque esa lágrima traviesa que se ha escapado de tus párpados se ha quedado sola y te ha llevado de nuevo a un punto de partida ya terminado.

Suerte

Posted by : Any R 0 Comments
De fondo,  escucho las voces conocidas mientras se preparan para la inminente batalla en la que, como siempre, no participaré. Mi batalla llegará por la mañana, una batalla muy distinta, demasiado real a veces, que saca lo mejor y lo peor de mí a partes iguales.
Más lejos, a través de la ventana abierta para intentar soportar otra noche de calor intenso, llegan los gritos de algún loco, parece incluso que de varios, que gritan insultos en una retahíla que durará lo mismo que la oscuridad. Me asombra que los vecinos no se quejen...
El calor hace que todo sea distinto. El sudor me resbala por el cuerpo, lo siento en el labio superior cuando empapa las heridas que esta situación inhumana me ha provocado. Escuece, cuesta respirar pese a la vaselina de eucalipto que humedece mis mucosas. Me siento un poco vieja achacosa desde que estoy aquí,  teniendo que entregar a mi cuerpo unas atenciones que jamás le habría prodigado en otras circunstancias. Quién me ha visto y quién me ve...
Deseando volver a casa. Deseando cualquier lugar que no sea Madrid, o un Madrid en otra situación.
Los mosquitos me atacan sin importar los medios que emplee para alejarlos. Quizás huelen más mi desesperación nocturna ante su llegada que la pulsera repelente que llevo atada al tobillo.
Y pienso que mi vida es así... Que no tiene sentido la idea de una espera, que no comenzará todo cuando compre una casa,  o cuando consiga volver a Galicia. Que cada paso en este camino, por pesado y duro que se me haga, es parte de esta vida maravillosa que comparto con la mujer más increíble que he conocido nunca. Pese a todo, decide hacer caso omiso a mi recomendación de dejarme sola y volver a casa antes para aliviar el calor horrible que nos ataca, que a pesar de que la temperatura ronde lo mismo, el calor de Galicia se hace más agradable.
Intentar dormir cuando el calor se come tus sueños y los mosquitos aguijonean tu cuerpo, es una tarea dura. Nada que no pueda superar. O nada que no pueda al menos soportar y sobrellevar malamente hasta que bajen las temperaturas de una maldita vez...
Así que cierro los ojos y regreso a la cascada de mis sueños, real como la vida misma, pero a demasiados kilómetros de aquí. A años luz en sentimientos, en vida, en proyectos... Regreso a un instante de mi vida en que eran tantas las cosas que me faltaban, que la única que no querría haber alcanzado es el calor... ¿Me ayudarán los recuerdos a dormir?

Calor

Posted by : Any R 0 Comments

- Copyright © Confesionario Digital 4.0 - Diseñado por Any R -