Posted by : Any R sábado, julio 27, 2013

Llega un momento en el que una lágrima traviesa se niega a volver de nuevo al lugar del que ha venido y se escurre lentamente por la mejilla con ansias de libertad.

Hay quien cree que cuando llega ese momento, sale todo en tropel. Todo lo que llevas aguantando durante los últimos días. Sale la frustración, la impotencia, la rabia, el dolor, la pena, la tristeza... Sale el que no puedas aportar nada ante la catástrofe más grande que se ha producido jamás en tu tierra. Sale la sensación de que nunca estás cuando deberías para poder evitar los problemas de después. Sale la lejanía absurda de tu apoyo más grande. La estupidez de unas fórmulas obsoletas que resultan en la posibilidad de la muerte de alguien a quién quieres y que no merece pasar por algo así. Las bandadas de carroñeros sobrevolando los restos del cadáver con sus ojos de konika retratando los malos momentos de gente que ya ha sufrido bastante. Sale también ese orgullo por los compadres, por los vecinos, por los compañeros. Ves sus rostros y te lamentas de no haber podido darles una mano cuando les hacía falta,  de compartir con ellos la pesada carga del horror y la tragedia, de darles el abrazo que precisan...

Te sientes menos que nada ante poderes que escapan a tu comprensión, a tu entendimiento, a tu razón e incluso a tu fe. Y haces lo único que puedes hacer: coges un trébol de cuatro hojas y lo llevas a ese improvisado altar que han levantado a las puertas de la catedral de Santiago para ofecer suerte a toda esa gente que tanto la necesita. A todo el pasillo de críticos delante de tu madre que descansan calcinados quizás un sueño que se vuelva eterno, a toda la gente que deberá aprender a vivir sin alguien a quien quiere. A todos los que han sobrevivido a una experiencia horrible y han visto quedarse a los demás atrás. A cualquier víctima de las circunstancias, incluída tu madre, que pasará una noche más con todos esos críticos del tren sin haber estado allí, pero viéndose profundamente afectada por él.

Y cuando por fin llegas a casa, agotada, dolorida y sin más fuerzas, el sueño te niega sus brazos y te envía a la nevera compulsivamente una y otra vez, quizás por causa de la puta regla, o quizás porque esa lágrima traviesa que se ha escapado de tus párpados se ha quedado sola y te ha llevado de nuevo a un punto de partida ya terminado.

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