Posted by : Any R lunes, abril 06, 2009

Hay un lugar dentro de mí en donde me gustaría estar. Ese lugar recoge un montón de fragmentos de realidad, alguna que otra fantasía, miradas, sonrisas... Ese lugar, mi reina, es tuyo.

Cabalgaría durante horas con el sol a mis espaldas, a través de bosques sombríos, de llanuras despejadas, de montañas nevadas e interminables campos de amapolas. Mi corcel, negro y salvaje, empujaría con una fuerza indomable atravesando ríos y lagos, con el furioso brío de sus musculosas patas demostrando su porte. Las crines se agitarían al viento, mezclándose con mi propio cabello suelto, fusionándome a él, uniéndome a su cuerpo, convirtiéndome en un centauro a lomos del caballo. El sol me obligaría a levantar un brazo para proteger los ojos. Vislumbraría sin albergar ninguna duda el palacio en el horizonte. Tras dejar que mis labios esbozasen una sonrisa, espolearía el caballo como nunca lo he hecho. El sudor resbalaría por su piel y por la mía, la espada tintinearía contra el escudo en mi espalda, los cascos resonarían en la llanura como los tambores de guerra de miles de naciones avanzando para conquistar el mundo.

Al tirar de las riendas, la bestia clavaría las patas en el suelo para detenerse, levantando una polvareda oscura de tierra seca y negra. Sin detenerme, saltaría de la silla y dejaría que mis botas resonasen al chocar contra el suelo arenoso. Cada paso hacia las imponentes puertas atronaría como nunca otros pasos lo habrían hecho ante ellas. Alzaría la mano derecha y arrancaría la dormida espada de su vaina. Cargaría en la izquierda el escudo y golpearía metal contra metal una y otra vez para hacerme oír al otro lado de los blancos y agrietados muros de tu reino. Una figura sombría se asomaría y me preguntaría:

- ¿Quién vive?

- Soy la diosa de la nada, del vacío incierto, de la sinrazón y de los reinos olvidados.

- ¿Y a qué has venido, desterrada? No eres bien recibida en este lugar.

- He venido a por lo que deseo. He venido a por lo único capaz de devolverme mis reinos y un horizonte perdido. He venido para quedarme.

- Márchate. Ninguna puerta se abrirá aquí para ti.

- Si no abrís las puertas, las derribaré.

Las risas se escucharían por encima de los muros de la fortaleza.

- ¿Y con qué ejército pretendéis invadirnos, mi señora?

- ¿Ejército? ¿Quién ha dicho que lo necesite?

Volvería a golpear la espada contra el escudo y el chirrido metálico levantaría la tierra a mi alrededor, creando una columna de aire y arena que cegaría a los defensores. Lo siguiente que conocerían sería la muerte a mis manos. Llegaría al patio del castillo con sus vidas en mi conciencia y su sangre en mi espada. Pasaría el dorso de la mano por la mejilla, extendiendo sin querer la mancha carmesí de la violencia de mis sentimientos. Sedienta, sin saber muy bien si de sangre o de ti, enfrentaría a cada uno de los guardias, a cada soldado, a cada monstruo en las mazmorras. Extendería por toda la fortaleza el horror de la sangre y el vacío de la muerte. Y cuando hubiese terminado, serías mía.

Cuando el último de los soldados dejase de temblar, la polvareda se desharía y mi figura imponente seguiría en pie ante las puertas de tu castillo, aguardando, sin haber movido ni un sólo músculo.

- No te abriremos las puertas, ser impío. Y da igual lo que nos hagas.

Bajaría la cabeza y contendría una maldición. Pero tomaría la decisión con firmeza. Alzaría la mirada y, clavándola en los blancos muros, me acercaría con pasos seguros que de nuevo resonasen ante la mirada atenta de tus hombres. Dejaría caer la espada y el escudo al suelo y posaría mis manos desnudas sobre la cal blanca que cubre las enormes rocas de la muralla. Cerrando los ojos y reuniendo en mi alma todos los sentimientos que me despierta tu sonrisa, empujaría.

Empujaría...

Empujaría... y la pared se hundiría bajo mi mano.

Empujaría... y las grietas se extenderían a lo largo de toda la muralla.

Empujaría... y la primera roca cedería y dejaría caer los escombros sobre mis hombros, que arañarían mi piel.

Y finalmente todo se vendría abajo y caminaría hacia el patio de armas, hacia la torre en la que esperas confinada por voluntad propia. ¿Quizás esperándome a mí?

Tus hombres ya no intentarían detenerme. Me abrirían paso entre sus filas. Algunos intentarían tocarme y me llamarían diosa de destrucción. En mis ojos brillaría la sed de sangre aplacada sólo para poder contemplar tu rostro. Sólo para merecerme cada una de tus miradas. Sólo para conseguir que me ames...

Las puertas de la torre se abrirían de par en par y tu figura aparecería en lo alto de la escalinata. Cubierta de polvo blanco y de suciedad del camino, indigna de ti, me acercaría y ascendería escalón a escalón, temiendo y deseando la llegada a tu lado. Me arrodillaría a tus pies, tomaría tu mano y la besaría con toda la dulzura que cabe en mi cuerpo y en mi alma destrozados. Entonces levantaría la mirada y encontraría el paraíso de tu sonrisa esperándome. Encontraría tus dulces ojos cálidos y tiernos, tu piel suave, tus manos... Y te desearía ardientemente, como jamás nadie lo haya hecho.

- Mi reina...

Y tus manos me alzarían sin esfuerzo, obligando a la fuerza de atracción imparable a continuar su camino, desde mis labios a los tuyos. Te enredaría entre mis brazos polvorientos y te arrastraría hasta la grupa de mi corcel negro como la noche, para que las dos pudiésemos salir cabalgando de la fortaleza, lejos de cualquier prisión, de cualquier muro, lejos de todo. Solas tú y yo...

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