Archive for 2015



Entre la espada y la pared. Esa es mi vida. Intento pasar desapercibida o destacar, ni yo misma lo sé. Sea lo uno o lo otro, no lo consigo. Me quedo a medio camino entre la nada, al lado del muro contra el que siempre golpeo mi cabeza. Golpean por ambos lados. A veces el golpe viene por la izquierda, otras por la derecha. Quizás no hay muro... Los golpes son directamente contra uno u otro bando indistintamente. O no... Mejor si el muro soy yo... Y estoy harta. Estoy harta y cansada de que todo el mundo siempre quiera pegarse cabezazos contra mí. Si existiese la posibilidad, me apartaría para que la colisión quedase entre los cerebros de chorlito que se niegan a entender que no son objetivos por mucho que lo crean. Ni siquiera yo, que estoy en el puto medio, entre izquierdas y derechas, entre días y noches, entre perros y gatos, entre buenos y malos (de ambos lados)... Ni siquiera yo puedo ser objetiva al 100%. Pero tampoco soy parcial. Nadie me ha lavado el cerebro. No me posiciono, pero nadie se detiene a escucharme el tiempo suficiente como para entenderlo. Ni siquiera gente que me conoce... Ni siquiera gente que me ha dado las gracias por estar a su lado es consciente de que si me voy al otro es porque creo que hay justicia en ello. No piensan, no escuchan, no dejan explicar y luego argumentan que soy yo quien interrumpe. Me altero, me apasiono y pierdo la razón en las formas. Y me pierdo un poquito más hasta el punto de mirar al espejo y no encontrar esas partes de mí que siempre he valorado y admirado.

Y suspiro. Decido irme a la cama después de una vorágine de balas y sangre destinadas a aplacar mi furia, mi desconsuelo, mi frustración. Y al pasar, el aire que levanto arrastra huellas del pasado que obligan a mis ojos a humedecerse. Se hace difícil seguir escribiendo. Quizás ese es mi problema. No me ha abandonado la musa, ni he perdido la inspiración. Sencillamente cada vez es más complicado condensar en palabras la negrura y el desasosiego de este corazón tarado que me ha tocado en suerte llevar en el pecho.

Muros

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Escuché el sonido que hacía al caer al suelo y lo supe enseguida: había muerto. Algo llevaba meses diciéndome que pasaría. Intenté prepararme para ello, pero por un motivo o por otro, no fui capaz de hacerlo. Aunque lo que más me extraña es esa sensación de tranquilidad, de desinterés que tengo ante ello. Hice todo lo posible por recuperarlo, por traerlo de vuelta a mí, pero nada sirvió. Ni siquiera las manos expertas de terceras personas ayudaron a solucionar el problema. Ese pequeño rectángulo azul cayó de mala manera y la pletina se dañó definitivamente. A la mierda toda una vida de fotos y recuerdos. A la mierda toda mi música. A la mierda años de trabajo organizando y ordenando archivos... Y aún así, no sé por qué, no me importa lo suficiente. Quizás porque me niego a que algo material consiga hacerme el daño suficiente como para desestructurar mi vida de esta manera. Y sin embargo duele. Duele el no recordar qué imágenes no podrás recuperar jamás. Duele el saber que todas las copias de seguridad de imágenes del móvil se han ido al garete. Duele el pensar a cuánta gente voy a tener que movilizar para conseguir recuperar al menos un 40 o 50% de todas las fotografías que tenía. De la música ya no hablaremos. Y todo después de un mes tratando de hacer copias de seguridad que el propio disco duro se encargaba de eliminar. No sé por qué, pero algo me dice que esto tenía que ser así, tenía que ocurrir, tenía que sufrir esa pérdida. Y debido a ello, a esa sensación extraña de pitonisa que me invade, entiendo que si ha sucedido, no puede ser para mal jamás... Algo ocurrirá que me hará olvidarme de este suceso. Quizás haya fotos que valore más que todas las que he perdido esperando a ser recuperadas en las manos de algún amigo. ¿Quién sabe? Veremos qué sale de ahí...

Pérdida

Posted by : Any R 0 Comments

Creo que es mi palabra favorita ahora mismo. FRUSTRADA. Sin embargo, después de la crisis de este mediodía, las ganas de llorar y la presión en el pecho, después de un buen entrenamiento de rugby, una buena llorera con un vídeo homenaje que un fotógrafo le hizo a su perro muerto de cáncer y de un capítulo de iZombie, las punzadas en el pecho se han ido. Siempre que ocurre algo así, recuerdo esa canción que tantas veces me ha acompañado de Silvia Penide y sonrío de medio lado al darme cuenta de que tiene muchísima razón. No me gustan los cambios a la fuerza. Muchas veces no me gustan a pesar de estar provocándolos yo...




Me siento frustrada todavía, claro que me frustra. Me revienta la sensación de que estás haciendo lo correcto, de que te esfuerzas en tu trabajo y das más de lo que nadie en tu puesto ha dado nunca. Y viene un capullo que compara los numeritos de este año con el anterior y te dice: "lo has hecho muy mal... Porque aquí habías hecho 14 y hay 2". Lo que ese CAPULLO INTEGRAL no ve, es que has hecho 20 de más, que quizás no del mismo tema que el año anterior... Pero has hecho más y SOBRE TODO, mejor. Pero eso aquí no importa. Ya debería haberme acostumbrado. No importa la calidad, importa la cantidad. MÁS, MÁS, MÁS... Siempre más... Nunca mejor. ¿Sinceramente? He cometido un gran error de nuevo. He decidido que mi trabajo era una gran parte de mi vida. Claro, ahora que había encontrado algo que me llenaba y me ayudaba a sentirme útil, no era difícil dejarse arrastrar por la sensación de ser buena en tu trabajo. No seré la primera ni la última que cometa ese error de pringada primeriza. A tomar por culo. Pero bueno, supongo que esto me vale para aprender la lección, para dar un paso atrás, para desligarme y hacer el trabajo justo en lugar del que creo correcto. El problema es que ese cambio lo sufrirá quien no tiene culpa de nada... Quizás pueda curarme de la impotencia y pueda seguir como hasta ahora. O quizás lo mande todo a la mierda y me vaya a algún puto agujero cómodo donde no tenga que hacer prácticamente nada. Ninguna de las dos opciones, ni seguir siendo una tonta ni rendirme por completo me valen para nada. Poco a poco y tiempo al tiempo. Tengo mes y medio apartada de todo lo que conozco, de mi zona de confort para pensar qué quiero que sea de mi vida a partir de ahora. Así que por el momento voy a hacerle caso a la señora Alaska y dejaré que ABSOLUTAMENTE TODO ME DÉ IGUAL.





Confío en que de nuevo, todo esto será para bien. Tarde o temprano, hasta las cosas malas me arrastran al lugar en donde tengo que estar. ¿Incomodidad? Por supuesto. ¿Miedo? Un montón. ¿Decepción? Infinita. Pero aquí sigo, golpe tras golpe. Si algo me ha enseñado el rugby es que cada vez que nos golpean, debemos volver a levantarnos para no dejar un hueco en nuestro lugar. Los compañeros se merecen ese apoyo. Pero no puedo evitar que la rabia me invada al ver lo mal que se hacen las cosas para que cuatro palurdos inflados de ego y ebrios de estupidez se metan cuatro euros más en el bolsillo o una bronca menos (absurda igual que sus pretensiones) en las reuniones con los grandes jefazos. Me revienta ver, no sólo que esto existe, que pasa, que está delante de nuestras narices cada día, sino que no pueda cambiarlo. Que no encuentre manera de poner fin a algo tan grande y que alrededor se esfuercen en recordarme que con quejarme, con enfadarme, con gritar y desahogarme no voy a conseguir nada y que tengo que tragar, aceptar y pegar el culo a esa posición conformista que todos desean que tome. Pues no quiero. Me niego. Seguiré protestando como pueda, en cualquier lugar, ante cualquiera que quiera escucharme. Porque fueron grandes protestas las que han ido moldeando y cambiando el mundo. Nunca sabes si tú serás el encargado de iniciar el siguiente cambio. "Lucha desde dentro", me decía mi hermano. A mi extraña manera, pausada y con una paciencia que teóricamente no tengo, sigo batallando para que esto cambie algún día, para que no se pidan imposibles que acaban frustrando el buen hacer y las ganas de cualquier ser humano.

Frustrada

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Es incredulidad. Incredulidad y miedo. Incredulidad, miedo y tal vez vergüenza. Tal vez algo peor... Le he visto caer a las vías. La rabia, el dolor, la impotencia... Son tantos golpes en los últimos meses... No son directos. Son más bien ganchos de izquierdas tras un fuerte amago de derechas... Y en el centro, en los márgenes, en medio de ninguna parte vemos a nuestra gente recibir cada estocada, como un toro indefenso en el ruedo de la vida. Y agachamos la frente con dolor. Y la levantamos por una mezcla de orgullo y envidia mal llevada.

Si Vanessa me pillaba sin palabras, Francisco Javier me ha arrancado incluso la voz del pecho. No sé qué decir. No sé qué pensar. No sé qué sentir. Sólo sé que no sé nada.

¿Qué tipo de sociedad estamos buscando? ¿Qué estamos creando/criando en el seno de nuestra patria? ¿Por qué la tolerancia y el respeto no valen una puta mierda? Y me enciendo. Me enciendo y me apago, y caigo, y las lágrimas se me escapan, y los gritos, la rabia, la presión de no saber que sé apenas nada... El no poder mover un dedo para que nada cambie. El que todo me presione alrededor para llevarme a dónde "ellos" quieren. ¿ELLOS? Quizás todos los demás. Quizás ni yo misma.

Me lío y me enredo en la vorágine de la mala hostia que me invade cuando veo muertes aplaudidas por cualquiera de los "bandos" autoproclamados". Veo fervor a la sangre, al drama, al dolor y al miedo... Veo crueldad y matices de diferencia en lugar de buscar todo aquello que nos une. Y cada paso me aleja un poco más de esta humanidad exclava que me ata por los tobillos con la argolla de una pertenencia que jamás he deseado ni desearé. Cada día tengo más ganas de dejar toda esta mierda atrás...

Consternación

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