Posted by : Any R lunes, marzo 30, 2009

El otro día haciendo la compra, sentí un impulso súbito de meter un objeto en el carrito (además de las cuatro botellas de Lambrusco). Agarré el estuche metálico y cilíndrico, azul con letras blancas, lo deposité con el resto de mercancía y continué con mi viaje por los distintos pasillos del supermercado.

Llegué a casa y abrí el bote. Retiré el papel de aluminio que lo cubría y la crema blanca despidió su aroma característico. "Huele a... huele a... a...". Mientras la extendía por mis brazos dí con la respuesta. Salí corriendo de la habitación para buscar a mi madre y en cuanto la encontré le planté mi antebrazo ante las narices y la insté a olerme.

- ¿A qué huele, mamá?

Me miró como siempre con excepticismo, casi a punto de pronunciar lo de siempre ("estás loca"). Pero de pronto sus ojos se abrieron desmesuradamente. Lo reconocía, pero su lengua patinaba entre sus labios. No sabía qué era exactamente.

- ¿No te huele a Verano?

¡¡¡Sí!!!

De niños, al volver de la playa, mi madre nos echaba crema de Nivea (los after sun se inventaron mucho después) para suavizar nuestras pieles y aliviar posibles quemaduras provocadas por el sol. Por eso, todos los veranos de mi infancia se veían impregnados del aroma de Nivea. Y entonces reflexioné unos instantes. Me llevé la mano a la boca y lamí el dorso. Nada. No sabía a productos químicos. No sabía a nada. Sonreí. Nivea...


Y automáticamente pensé en ti. Porque siempre, haga lo que haga, acabo pensando en ti.

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