Posted by : Any R sábado, diciembre 06, 2008

Volvía a casa.

Hoy, después de mucho tiempo, por fin me decidí a ir al cine. Fue una tarde entretenida, de risas, de bromas, de complicidad. Una buena tarde. Película de vampiros... Cursi y mal dirigida para mi gusto. Pero de ese cursi que hace que sueltes un "ohhhhh" con cara de idiota mientras quieres averiguar cómo continúa la historia. Ya lo sabré.

Empezaba a llover. Las gotas comenzaron a caer poco a poco. Muy poco a poco. Mientras bajaba la cuesta de siempre, mi pelo se iba enredando con alguna de las minúsculas partículas de agua. Pasé la mano sobre él para apartarlo mientras me cruzaba con una pandillita de chicos. Probablemente se preparaban para el botellón.

A medida que me acercaba a casa, la lluvia se fue haciendo más intensa. Recuerdo con claridad haber mirado al cielo, haber pensado en el lugar de procedencia de cada una de esas gotas y volver la vista al suelo para sacudir la sonrisa de boba que luzco últimamente. Y entonces vi un charco en el suelo. Estaba quieto. Completamente calmado. ¿Y la lluvia? Sobre mí... Sobre las altas ramas de los árboles, sobre los techos de los coches y las casas... Pero todavía no había llegado al suelo.

Adoro la lluvia. Soy Santiaguesa. Creo que la adoro tanto como la odio... Es una sensación de angustia placentera que se te clava en el cuerpo como las gotas de lluvia fina que ni siquiera llegan al suelo. La lluvia, en Santiago, es un complemento más del paisaje, es una caricia ligera con la capacidad de alegrarnos o hundirnos en la miseria más absoluta. Mirar al cielo, pensar en algún lugar cercano a sus labios, dejar que la lluvia resbale por mi cara...


Y una canción que en varias ocasiones me arrancó más de una lágrima.



Chove. Chove en Santiago.



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