Posted by : Any R lunes, mayo 21, 2018



Arranco con asco cada prenda que cubre mi piel. Cuesta, porque se pega a ella como si prácticamente se hubiera fundido... Con el calor de la ira y la frustración pueden hacerse milagros. O maldiciones. Llámalo como quieras.

Los zapatos pesan más de lo que han llegado a lastrarme jamás las botas tras más de 12 horas seguidas al pie del cañón. Al dejarlos en la taquilla, es como si se hudiese hasta el infierno. O hasta el mismísimo centro de la tierra, donde el magma espera para cargárselo todo.

Cierro casi de un portazo, pero la manga de una camisa blanca lo impide. Siempre hay un traje más incómodo que parece querer que me comporte correctamente. No entiende que soy incapaz de doblegarme a la estupidez.

Giro las llaves y la bola de dragón tintinea contra el metal. Contengo la respiración. Todavía faltan inmensos minutos para sentirme a salvo. No es mientras salgo del vestuario, los monstruos también acechan en las profundidades. Tampoco es tras el primer tramo de escaleras, ese es su territorio de caza. Ni siquiera cuando mis deportivas mascan el asfalto a la salida, cuando mi mano se refleja en el cristal de la garita al despedirme. Es cuando cruzo. El paso de zebra me transforma en una suerte de equino salvaje, libre. Pienso en otras cosas, el espeso fuel que cubría mi cuerpo se va desintegrando y cae un poco más con cada paso.

Apenas queda nada de él cuando el chico del bar me saluda (sin importar cuánto cambie, siempre me reconoce), llevándose la mano a la cabeza, recordándome la parte positiva de mis desvelos.

Las escaleras vuelven a introducirme bajo tierra. Y cuánto más abajo, más libre me siento. Cuando abro la cremallera de la mochila y tomo entre mis brazos las letras de otros, cuando me pierdo en mundos ficticios que no son los míos... Ahí, precisamente ahí, es donde mi realidad se desvanece y comienza a crearse algo distinto.

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