Posted by : Any R jueves, noviembre 03, 2011

Desde hace algún tiempo, gracias a una maxi amiga en tamaño portatil (vaya, mini), descubrí lo que era un anillo claddagh. Ese que veis en la imagen es algo distinto, me lo regaló esa buena amiga después de decirle alrededor de veinte mil millones de veces que me gustaba mucho más que el diseño original y que si lograba encontrar de nuevo la web donde lo había pedido, yo quería otro. Se lo sacó de la mano y me dijo que me lo probase. Pensé que querría averiguar mi talla. Pero cuando vio que me servía, no volvió a aceptarlo. Era mío.

Recuerdo la última vez que le di la vuelta. Se supone que según lo lleves, indica una u otra cosa. En la mano derecha, con el corazón (la parte plana) hacia fuera, significa que llevas el corazón abierto, dispuesto a dejar pasar a quien se acerque. En la misma mano, pero con el corazón hacia el centro de la mano, significa que alguien retiene tu corazón, que existe una persona que ocupa tus pensamientos y que tiene atados tus sentimientos. Dejemos a un lado la mano izquierda, nunca lo he llevado en ella. Lo cambié en la época en que menos lo utilizaba, las normas eran claras. Sólo se podían llevar anillos de compromiso, y este... Era de todo menos eso. Era un claro síntoma del enganche que un corazón puede sufrir incluso sin tener una base sólida a la que agarrarse, una princesa con la que sólo había soñado entre brumas y que no pudo, por desgracia, concretarse en algo real. De pronto, al ponerme el anillo, sin querer, me di cuenta de que lo había puesto mal. Ese día lloré. Irónico, pero me había dado cuenta de que no podía continuar queriendo una ausencia, guardando un amor intangible por alguien maravilloso, sí, pero lejano e irreal. Por suerte o por desgracia, el anillo no permaneció mucho tiempo en esa posición. Suerte porque me gusta más cómo queda cuando amo. Desgracia porque de nuevo las cosas salieron mal. Llegué a pensar que había encontrado a la persona con la que podría compartir mi vida. Pero de nuevo, quizás ya por costumbre, me precipité en entregar un corazón que estaba sin recomponer, que ahora está más astillado todavía, a alguien que lo merecía pero que no tenía forma de conservarlo. Hay veces en la vida en las que el amor es lo más importante. Y hay veces (casi todas las que me toca vivir a mí) en las que el amor sólo es un complemento directo de una frase subordinada sin más modificadores del verbo.

El otro día me saqué el anillo porque me apretaba. Acaricié el dedo, que ya tiene la sombra que el sol ha dejado sobre él, y volví a ponérmelo, de nuevo sin darme cuenta, del revés. Y me angustié. Sí, me angustié. Porque no sé qué me pasa últimamente. Porque no dejo de darle vueltas a miles de cosas, no dejo de poner mi vida en suspenso hasta que todo termine de moverse sin darme cuenta de que jamás dejará de hacerlo. Hoy en día, cuanto más cerca parece que está todo, más lejos me siento del mundo. Y respiro hondo, me quito el anillo de nuevo. No, no puedo abrir mi corazón. No puedo, no debo... ¿Para volver a rompérmelo en el tiempo que me queda aquí con alguien que no quiera/pueda seguir mis pasos aunque yo ni siquiera hubiese pensado siquiera en pedírselo? No, no puedo con otro golpe más en el pecho. No ahora. Más adelante, cuando se haya recompuesto el corazón un poco más, quizás pueda con cañonazos, cuchilladas, estocadas, embestidas, mordiscos y codazos. Pero no ahora. Ahora siento que un golpe más acabaría conmigo. Descartada esa posición del anillo... ¿Alguien ocupa mi corazón? Sería injusto decir que sí. Sería absurdo decir que no. Sinceramente, ya no sé lo que siento. No lo sé. Siento una especie de vacío en el pecho, un agujero negro en mi estómago que me obliga a abrazarme las rodillas cada noche que decido quedarme en mi cama. Porque cualquier otra opción resultaría demasiado dolorosa. Las noches en vela en otra cama que no sea la mía duelen más que el contacto rápido y cortante del frío acero de la soledad. Siento como si no hiciese más que esquivar el dolor, sin llegar a conseguirlo vaya hacia el lado que vaya. Y así, perdida, caminando sin rumbo, seguiré al menos hasta el verano que viene, cuando la caída en picado sea inevitable... Y descartada la otra opción, ¿qué me queda? Sólo puedo dejar el anillo a un lado. Esperar. Esperar a un momento más propicio en el que pueda permitir que alguien, como le dije a una observadora muy detallista, que vaya recogiendo las miguitas de optimismo que he ido dejando caer estos últimos tiempo; alguien que me siga, me encuentre y me entregue de vuelta la esperanza de que es posible que algún día comparta mi vida con otra persona. Mientras, el anillo se queda en la boca del dragón, ignorando el paso del tiempo.






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