Posted by : Any R domingo, febrero 20, 2011

Levanté la vista y la encontré apoyada en la barandilla del balcón, con un cigarrillo a medio consumir. Rondaría los treinta o incluso los cuarenta años. Algo en ella atraía mi mirada de un modo inevitable. Quizás fuese el corto vestido negro, que parecía de gasa y encaje. Quizás las piernas bien torneadas, enfundadas en medias oscuras. Quizás la melena negra y rizada que acariciaba sus hombros cada vez que se llevaba el cigarro a los labios perfectamente delineados. O puede que esas arrugas de preocupación bordeando su boca y sus ojos. Sencillamente me quedé mirándola fijamente hasta que fue consciente de que la observaban y dirigió hacia mí sus grandes ojos oscuros. Mi primera reacción debería haber sido apartar mi atención de su precioso rostro, pero, sin saber por qué, me quedé embobada, con sus ojos clavados en los míos. No pude dejar de mirarla hasta que inevitablemente perdí de vista el edificio al continuar el camino.

Descubrí cuánto echo de menos decirle a alguien con la mirada que me interesa, que me gusta, que podría llegar a desearla... A veces echo de menos a ese ser tan seguro de sí mismo que no podía cruzar un local sin que alguna señorita se viese tentada de abrazarse a su cintura. Otras veces (más a menudo), echo de menos los finales de cuento de hadas en los que alguien me quiere. Acostumbrarse a dejar esos finales para las pelis de Disney no es nada fácil. Llevo demasiado roto el corazón para negar que nunca lo he intentado. Ojalá pudiese dejar de intentarlo. Ojalá se pudiese congelar un corazón como han hecho con el propio Walt Disney...

2 Responses so far.

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