Posted by : Any R viernes, noviembre 12, 2010

(Dos entradas en un día, qué nivel. Realmente tengo que aprovechar conexión en el ordenador.)




Caminaba con sigilo, apartaba las ramas de la maleza con sus manos desnudas. Las espinas le arañaban la piel, pero no llegaban a hacerla sangrar. Pudo intuir el final del bosque antes de llegar gracias a la intensidad de la luz de la luna llena que se colaba entre las ramas de los árboles. Suspiró. Todavía no sabía qué nuevo peligro encontraría al otro lado. La suerte no estaba de su parte. Desde que había perdido a su ejército y a su caballo, todo había ido de mal en peor. A veces se cuestionaba su camino, su destino. Cada vez más a menudo, discutía consigo misma. Se culpaba por ser tan crédula, por ser una soñadora y llegar a confiar en que sus sueños llegarían a cumplirse. Pero hacía ya demasiado tiempo que la Reina había desaparecido de sus noches intranquilas. Apenas dormía y, cuando lograba hacerlo, eran pesadillas lo que poblaba cada segundo tras sus párpados cerrados. Pero ahora sólo podía hacer una cosa: continuar hacia adelante. Así que sacudió la cabeza y atravesó la última línea de árboles y arbustos. Levantó las manos para ver si alguna de las espinas la había herido. Pero los gruñidos llamaron su atención enseguida. Alzó la vista y los fieros ojos del enorme lobo negro se clavaron en los suyos. El animal no la perdía de vista, dispuesto a saltar y atacarla a la menor provocación. No le daría oportunidad. Permaneció inmóvil, sin retirar la mirada de los profundos ojos negros como la noche. Poco a poco, tras el enorme pelaje negro, pudo apreciar el movimiento de otros animales de menor envergadura: el lobo no estaba solo, toda su manada le apoyaba. Y allí estaba ella. Ella frente a todos. Bajó las manos despacio, lo suficiente como para que no resultase una amenaza. El lobo negro se relajó y dejó de gruñir. Alzó el hocico con curiosidad y olisqueó el aire que les separaba. De nuevo lentamente, se dejó caer de rodillas, sometiéndose a la autoridad de la mole negra. Era consciente de que se encontraba ante un rey y ella allí no era ninguna princesa... El enorme cuerpo peludo apenas emitía sonido alguno al acercarse a ella. Sólo el roce de las zarpas sobre la hierba le hizo ser consciente de lo cerca que estaba. También la respiración agitó sus cabellos cuando el animal inspiró su aroma. Ya no la consideraba una amenaza, había jugado bien sus cartas. Lo supo cuando sintió la cálida humedad en su mejilla: la lengua del lobo la autorizaba a acercarse como a un animal inofensivo más. Se sentó sobre los talones y se aventuró a acariciar la pelambrera negra del cuello. Ningún gruñido apareció para disuadirla. Los demás se acercaron también con curiosidad y uno tras otro la fueron identificando. Mientras, el jefe de la manada se fue alejando del lugar y, cuando consideró que era el momento oportuno, emitió un aullido que rasgó la noche y silenció por unos instantes el rumor del bosque. Los demás se alejaron de ella a la carrera y desaparecieron tras las rocas que bordeaban el bosque. El lobo negro permaneció mirándola un instante, parecía querer decirle algo. Finalmente el animal siguió a su manada con un brioso salto y la dejó completamente sola. Suspiró y se dejó caer hacia atrás, en la mullida hierba. Cerró los ojos e intentó que su corazón se calmase. Pero un nuevo gruñido la hizo incorporarse. El lobo negro había vuelto y justo en ese instante entendió lo que pretendía el animal: quería que fuese con ellos. Se levantó, cruzó la mirada con él y le hizo entender que lo seguiría. Cuando él se volvió y saltó las grandes rocas, la princesa de Jade tensó sus músculos y salió corriendo tras la manada.

Un comentario por lo de ahora.

  1. мιиι says:

    Echaba de menos tus relatos, tus dibujos... aunque no es lo que más echo de menos...

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