Posted by : Any R jueves, febrero 12, 2009

De pronto abro los ojos. No porque haya sonado el despertador, sino porque realmente he dormido bien y me apetece levantarme. Me estiro, mientras hago esos típicos sonidos extraños que la gente que me conozca un poco sabrá identificar. Acabo bufando como un gato, con una sonrisa en los labios. Estiro las piernas y tropiezo con Pancho, que también se despereza y me mira con cara de "eh, no te pases". Me acerco a él y lo acaricio, o directamente le muerdo las orejas y el cuello, hasta que reacciona y empieza a jugar, pegándome con las patas para apartarme mientras intenta morderme él a mí. Tras un ratito de risas y juego, me levanto y voy al baño tambaleándome. El espejo me ofrece una imagen graciosa. Los pelos de leona enmarcan la cara pálida y afilada, borrosa, de primera hora de la mañana. Le sonrío al reflejo, que me devuelve el gesto. Animada por ello, le lanzo un beso y agarro el suyo al vuelo, guiñándole un ojo.

La casa está vacía. Todo el mundo está trabajando menos yo. Saco un par de naranjas de la cesta de la fruta y cojo el cuchillo. Exprimidor, vaso, cuchara... todo el proceso hasta que me llevo el zumo a los labios. Adoro el sabor de las naranjas recién exprimidas. Después meto mi taza en el microondas con leche hasta un poco más arriba de la mitad. Mientras se calienta ( 1 minuto 30 segundos), pongo la tostadora al fuego y corto un par de rebanadas de pan. Se escucha el pitido que me indica que la leche está en su punto y saco los cereales solubles y el azúcar (substituí el Colacao por eso de que un desayuno completo debe tener dos partes de cereales, una de leche y dos piezas de fruta...).

Cuando todo está listo y en la mesa, me siento con el libro que toque en una mano y la tostada en la otra y me permito perder media mañana de esa manera. Media mañana o el respiro que Pancho quiera darme hasta que empiece a lloromiquear para que le pasee. No hace sol, pero tampoco va a llover. El cielo gris típico de Santiago domina el ambiente. Aprovecho que todo está seco para caminar con Pancho hasta el río, que hace tiempo que no voy.

Después, toca cumplir con algunos deberes. Empiezo con la cama de mi madre, siempre es lo primero. Después limpio y recojo la cocina, friego los baños y puede que hasta consiga hacer mi cama y ordenar la leonera que tengo de habitación.

Ya casi es hora de comer. Así que reúno los ingredientes y preparo una lasagna mientras Mónica Naranjo suena a todo trapo. Cuando mi madre llega de trabajar, estoy sacándola ya del horno. Al mismo tiempo llegan mis hermanos. El más pequeño fue a buscar al mayor al trabajo. Hoy toca comida en familia.

Mi madre sonríe, contentísima de tenernos a los tres en casa. Mis hermanos me felicitan por la comida y mi madre por el resto de la casa arreglada. "¡Hasta hiciste tu cama!" exclama sorprendida.

Comemos sin prisa, charlando, aunque mis hermanos se irán pronto porque tienen que volver al trabajo. Me felicitan por lo rica que estaba la lasagna y suben al coche. Mi madre y yo alargamos un poco más el café, con la tele puesta de fondo en algún programucho barato de televisión. Pero nosotras charlamos. Ella se acuerda de alguna anécdota de su vida y me la cuenta. Le recuerdo que tenemos un libro pendiente.

Suena el timbre. Me levanto para abrir y volver a mi habitación. Seguramente sea esa amiga de mi madre tan pesada que siempre está tocando la moral. Si dejo a mi madre con ella, puedo irme sin remordimientos.

Enciendo el ordenador y conecto el disco duro portátil. Automáticamente, la red se cae, como siempre. Pero no me importa, mejor así. Para lo que voy a hacer no necesito red... Agarro la libreta roja de la estantería de arriba y me siento ante el teclado. Abro un archivo en blanco y me ubico. En la libreta comienza el capítulo uno con un viaje en coche. Así que simplemente comienzo a escribir: "La lluvia chocaba contra el cristal del coche. Los frenéticos limpiaparabrisas no podían moverse a la velocidad suficiente, así que tuvo que reducir notablemente la velocidad, frustrada. No sabía muy bien lo que debía sentir y el clima no ayudaba. Desde el mismo momento en que habían comenzado a caer las primeras gotas solo pudo maldecir: bienvenida a Santiago." Probablemente reescribiré muchas veces lo mismo, con tiempo y cuando comience a corregir. Pero por ahora me vale, lo releo para continuar con ello.

Tras toda la tarde escribiendo, de pronto suena el móvil. Agarro despreocupadamente, pues, como siempre, no espero llamadas. Es alguna amiga. ¿Por qué no nos vamos a cenar por ahí y luego salimos a tomar algo? Perfecto. Sé dónde quiero cenar y sé dónde quiero salir. Lo comento y la idea cae bien.

Contar la noche sería demasiado contar. Además, acabaríamos de cenar cerca de las 12 y eso ya sería un día distinto... Este podría ser un buen día. Un grandísimo día. ¡Se necesita tan poco para ser feliz!

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