Posted by : Any R miércoles, noviembre 26, 2008

No. Olvidad el título.

Hacía frío. Metí las libretas de los niños en el bolso para poder proteger las manos en los bolsillos. Me bajé del coche y saludé como hago siempre, agitando la mano como una niña pequeña. A alguna gente le gusta. El semáforo estaba en rojo para los vehículos, así que crucé sin miedo el paso de peatones. Las luces me marcaban que me quedaba tiempo de sobra: 15, 14, 13, 12, 11, 10...

La chica del quiosco salió a mi paso. Mi mirada se perdió en las cajas de gominolas mientras ella cerraba los laterales. "No", pensé, "galletas de dinosaurios". Así que encaminé mis pasos al siguiente cruce. Cuando levanté la cabeza quedaban 12 segundos. Apuré el paso y crucé mientras los tres últimos pitidos se acompasaban a mis zancadas. Me crucé con gente de todo tipo y condición. Muchos hacían cola para comprar castañas ante la locomotora del tren. Pensé por un instante en el cálido tacto del cucurucho de papel en mis manos. Pero las galletas de dinosaurio seguían llamándome poderosamente.

Al entrar en el supermercado, lo primero que vi fueron los regalices. Tentadores. Pero no. Hoy no. Pasé al siguiente estante, al de las galletas y no dudé ni un segundo al coger la caja. Aunque sí lo hice al levantar la vista y ver a todas las acompañantes, tentadoras, accesibles. Bajé la mirada y me dirigí a la salida rebuscando el monedero en el bolso. Saqué 90 céntimos. Uno más de los necesarios. No quería el cambio. La chica delante de mí era preciosa. Toda vestida de negro, con las uñas pintadas del mismo color y sombrero. Me quedé mirándola mientras pagaba y metía la compra en las bolsas. Realmente preciosa.

Salí de nuevo al frío abriendo la caja de galletas. Tomé la calle de la derecha y guardé los paquetitos de a tres en el bolso, deshaciéndome del cartón en cuanto me fue posible. Cambié a la calle paralela por un callejón triste y solitario, para poder cruzar el Obradoiro. Fue entonces cuando se me ocurrió dejar de ver. Me saqué las gafas y las guardé en su funda. Miré hacia delante y sólo vi siluetas y formas. ¿Y si pasa alguien conocido? Lo sentiré mucho.

Continué adelante, bajo el frío, entre sombras difusas de personas que jamás sabría si conocía, incluso al final de camino bajo la lluvia. Recuerdo ahora aquella vez que llovía cuando llegaba a casa y traté de escribir lo que sentía en forma de poesía. Nadie de los que la leyeron me entendió. Siempre pensaron que escribía sobre el amor. Y sólo escribía sobre mí, sobre todo lo que se agolpaba en mi pecho cuando sentía la lluvia sobre mi pelo... Da igual, ahora da igual. Cerré mi etapa de poeta frustrada como he cerrado tantas otras etapas en mi vida. Como seguiré cerrando muchas más.

Se hace tarde. Hoy he hablado mucho, pero he escuchado más. Y he entendido que ya no soy para nada la misma. ¿Cuántos años hace desde que recibí la crítica que decía que sólo valía para escuchar? Que nadie me contaría sus penas, porque tenía que aprender a decir algo, para que la gente no pensase que pasaba de ellos. Yo pensaba en Momo. Quería ser ella. Quería que sus sentimientos se solucionasen solos mientras yo les escuchaba hablar. Pero la vida no es una novela de Michael Ende. Ni siquiera de Follett o de Auster. La vida no es una novela. Mi vida no es una novela. Aunque a veces lo sienta. Aunque a veces lo desee. Porque sé que en algún punto la novela se acaba y dejan de suceder cosas. No, no quiero que mi vida sea una novela. Por mucho que anhele convertirme en escritora.



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